JESÚS/CHECHU

Mi nombre es Jesús. Mis padres me lo pusieron al nacer por voluntad de mi padre, con el consenso de mi madre, claro. Al primero le hubiera gustado ponerme delante un Pedro como el que él luce en los documentos oficiales, a lo que mi madre se negó. Nunca le gustaron los nombres compuestos.

“Jesús se llama tu padre y se llamaba también el mío”, me decía siempre mi abuela Antolina cuando era pequeño, intentando justificar lo que al fin y al cabo es una imposición. Pero de niño yo nunca tuve problemas con mi nombre, al fin y al cabo Jesús es el nombre de Dios. Además, mi santo coincide con el día de Navidad – o al menos así se ha celebrado siempre en casa – y de pequeño era el único que en tan señalado día recibía algún regalo, por pequeño que fuera. A mi padre le compraban tabaco, algo que ahora estaría encasillado en la categoría de lo políticamente incorrecto.

Para mis abuelas siempre fui “Jesusito” o “Jesusete”, y como siempre me lo llamaban entre besos y carantoñas nunca podía enfadarme, aunque lo estuviera deseando. Cuando cumplí los dieciocho aquello ya solo me provocaba una ligera mueca en los labios, una especie de sonrisa cargada de resignación.

Hasta aquí todo parece claro. Este hombre se llama Jesús, y punto, pensará el lector, no hay más. Pues sí, sí que hay más. Porque si no recuerdo mal, solo uno de mis amigos me llama Jesús. Debe ser porque lo conservo desde la infancia. El resto, y aunque algunos proceden también de aquella época, dieron en llamarme Chechu cuando nuestra adolescencia empezó a asomar por el horizonte. Y a mí me gustaba. Pasar a llamarse Chechu suponía romper con una etapa de mi vida, marcaba cierta diferencia con el niño al que le empezaba a cambiar la voz y era un signo de distinción entre los colegas.

De hecho, hoy me cuesta trabajo volver la cabeza en la calle cuando alguien chilla mi nombre real para llamar mi atención. Solo la vuelvo cuando me llaman Chechu, pese a que en casa sigo siendo Jesús (Jesusete y Jesusito para mis abuelas).

La verdad es que Chechu está bien, he pensado muchas veces. Sobre todo para una persona con cierta vocación creativa, que siempre necesita un nombre un poco fuera de lo común. No es lo mismo firmar una buena crónica como Chechu que como Jesús, donde va a parar. Esto me retrae un poco, porque nunca he utilizado Chechu para darle autoría a ninguno de mis textos. Me he quedado en Jesús, no sé si porque aún no he escrito esa buena crónica que busco o porque pienso que cuando uno escribe su nombre lo escribe con todas las consecuencias. O a lo mejor porque me acuerdo de mi padre, o de su abuelo. O de mi abuela, la que de niño me decía “Jesús se llama tu padre y se llamaba también el mío”.

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