FUEGO

Una pequeña botella de gasolina que llevaba en el macuto le sirvió para prender fuego a la fosa común. El fuego se extendía con velocidad y crepitaban los huesos amontonados: las tibias y las calaveras, las costillas y los fémures. La llama fue creciendo y empezó a tomar dimensiones extraordinarias. Juanjo tuvo que dar varios pasos atrás porque el calor desprendido por la enorme pira empezaba a ser sofocante, casi abrasivo. El mal olor también se acrecentaba, empezaba a ser nauseabundo. Pudo comprobar como se elevaban, en espiral, las pavesas derivadas de las prendas de ropa del último cadáver arrojado al agujero.

Juanjo se agachó muy despacio para recoger la botella de plástico, ya vacía, y guardarla en el macuto. Después, se quitó el anillo de oro que durante más de treinta años había llevado en su mano derecha y lo arrojó con fuerza hasta la fosa. Con una extraña sensación en todo el cuerpo se giró y caminó despacio hacia la puerta del cementerio. Aún nadie en el pueblo se habría percatado del incendio, ni habrían avisado a la Guardia Civil.

Un banco de madera, situado en la entrada del camposanto, le ayudó a saltar la verja, aunque no logró caer de pie. Se incorporó con dificultad, y tras sacudirse el polvo del pantalón, se montó en la furgoneta. Al pasar el puente de la estación se cruzó con las primeras sirenas. Sus aullidos en la noche eran como gritos de dolor, se le clavaban en el alma, y le provocaron las primeras lágrimas. Bajó la ventanilla de la furgoneta, pero tuvo que cerrarla enseguida porque el humo se colaba el vehículo y la sensación de ahogo era casi mayor.

Cuando llegó a casa eran las dos y cuarto de la madrugada. Sin encender las luces se fue directo a la cocina. Llenó un cubo de agua y lejía y limpió el charco de sangre que había dejado horas antes. Después, limpió bien el cuchillo, retirando los restos de sangre seca que permanecían en el filo. Aprovechó para fregar también los cacharros de la cena, que aguardaban allí desde hacía unas horas. Guardarlos en sus correspondientes armarios era algo así como librarse de unos testigos incómodos, que parecían mirarle con ojos de ira.

Con la cocina recogida, Juanjo se quitó la ropa, que apestaba a humo, y se metió en la ducha. Limpio y fresco por fuera, no pudo evitar seguir sintiéndose muy sucio por dentro. Después se metió en la cama, que estaba más fría que nunca. A su lado ya no estaba la mujer con la que había compartido los últimos treinta y tantos años, y que siempre le había provocado un calor sofocante, casi abrasivo.

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