FIN DE FIESTA

Las fiestas de mi pueblo siempre fueron motivo de algarabía y de hermandad entre los vecinos. Sin embargo, desde 1970, año en que Juan “el Vaquero” y Pepe Arriaga se enfrentaron en la plaza, nada ha vuelto a ser lo mismo. Los pasodobles han perdido la alegría y la orquesta parece haber olvidado cómo afinar sus instrumentos. Las banderitas que revolotean con los primeros vientos del otoño han quedado descoloridas. El alcalde decidió entonces dejar de poner luces en las calles y la oscura tradición se ha mantenido hasta hoy. Solo los niños, subidos en los carruseles y caballitos de madera, sonríen divertidos, ajenos a la crónica negra del pueblo. La comisión de festejos no había dejado nada a la improvisación en 1970. Habían contratado los mejores fuegos artificiales de la comarca, los toros estaban ya encajonados a la espera de embestir a los capotes de los mozos y la zurra se maceraba en grandes tinajas de barro, que emanaban el aroma propio del aguardiente y de la fruta madura. Sin embargo, en mi pueblo, en 1970, no quedaron ganas de brindar por nada ni por nadie.

Juan “el Vaquero” se dedicaba a cuidar su ganado de leche. Cuando sucedieron los hechos, llevaba poco tiempo casado, apenas cinco años. Aunque tardó en dar el paso, no se puede decir que fuera mayor para ello. Ayudado por su esposa, madrugaba mucho cada mañana para atender a sus vacas. Desde bien temprano comenzaban a ordeñarlas con mimo. Antes de extraerles la leche, les lavaba bien los pezones y les acariciaba las ubres con esmero. En cuanto terminaba el ordeño, se apresuraba a llenar sus pesebres de la mejor alfalfa y del mejor pienso, para bajar después la leche desde su vaquería hasta la cooperativa del pueblo, santo y seña del desarrollo agrícola en la comarca, la envidia de los municipios de alrededor. Con los años, “el Vaquero” fue incrementando de forma notable la producción de leche de sus establos, gracias a la buena alimentación que proporcionaba a sus reses y a que solía reinvertir sus beneficios en más cabezas de ganado. Juan se había convertido en el cabecilla de la cooperativa por méritos propios. Los demás ganaderos confiaban en su buen criterio el tratamiento y los precios de la leche, las formas de envasado y las fórmulas para una correcta distribución. Cada mañana, los cántaros de Juan “el Vaquero” bajaban llenos a rebosar de la mejor leche de la zona.

Juan “el Vaquero” y Pepe Arriaga eran amigos de la infancia, y al igual que sus padres y sus abuelos, tenían en común el oficio de ganaderos. Ya de niños se construyeron unas banquetas de madera muy pequeñas, con tres patas, que colocaban bajo las ubres de las vacas, para ordeñarlas con mucho esfuerzo. Ambos se criaron en torno al mismo modo de vida, pero Juan siempre fue más avezado en el aprendizaje del oficio. Sin embargo, a Pepe le gustaba tener vida al margen de su ganado. Con catorce años comenzó a salir con chicas y se casó muy joven. Pepe salía del pueblo con asiduidad, visitaba los primeros cines y los teatros de la ciudad acompañado de su esposa, y no dudaba en dejar el ganado al cuidado de cualquiera. Aquella actitud, prolongada durante los primeros años de su matrimonio, supuso una importante rémora en su negocio. Su leche perdió calidad y sus vacas, acostumbradas a llenar cántaros y cántaros, se comenzaron a secar. Cuando empezó a ser consciente de la situación, decidió atajar el problema consultando a su amigo.

“El Vaquero” le dio los mejores consejos, aquellos que solo se dan a los buenos amigos. Le indicó cuál era el forraje que mejor convenía a los animales en cada estación del año, le aconsejó sobre los horarios en que debía dar de comer a sus vacas y le acompañó a comprar vitaminas a la consulta del veterinario, que le explicó también nuevas técnicas de ordeño. Le ayudó a limpiar bien los corrales y a acolcharlos con una buena capa de heno, para que las vacas descansaran del esfuerzo de dar leche. El caso es que, en apenas un año, la ganadería de Pepe Arriaga estaba a la altura de la de Juan, tanto en calidad como en cantidad. Incluso algunas mañanas, los cántaros de Pepe estaban más llenos a la hora de descargar en la cooperativa.

Al principio, a Juan “el Vaquero” aquello le llenó de orgullo. Había colaborado a la prosperidad de su amigo. Además, en el pueblo le reconocían su esfuerzo. Los otros vaqueros seguían pidiéndole consejo de forma insistente y Juan les atendía como lo hacía siempre, pensando en que el futuro de la cooperativa pasaba por el buen trabajo de todos y de cada uno de sus compañeros y de todas y de cada una de sus vacas. Pero ninguno de los ganaderos que componían la cooperativa alcanzaba nunca los resultados de Juan y de Pepe. Ninguno era capaz de hacerles sombra.

Con el paso de los meses, el momento de descargar los cántaros de leche en la cooperativa se convirtió en una competición entre dos. Los ganaderos bromeaban y apostaban sobre si “el Vaquero” o Arriaga traerían más leche esa mañana. Todos se apostaban a las puertas de la pequeña nave y esperaban impacientes la llegada de las camionetas de los dos amigos. Éstas entraban marcha atrás y los dos operarios contratados por la cooperativa descargaban los cántaros de leche, mientras que el resto de ganaderos, con mucho alboroto, contaban en voz alta: ¡uno!, ¡dos!, ¡tres!… Y así todos los días. Una vez, Juan y Pepe llegaron a empatar con cuarenta y dos cántaros cada uno.

En un principio, a Juan le hacía gracia esta curiosa competición, que empezó a perder encanto cuando empezó a perder su condición de líder entre sus compañeros. Pepe comenzó a rebatirle sus decisiones en torno a la organización de la cooperativa y el resto de ganaderos comenzó a pedirle consejo, ante los buenos resultados que también él conseguía en sus establos. De hecho, de forma inconsciente, todos comenzaron a dar de lado a Juan, al que ya no formaban corrillo en las reuniones de la cantina y al que incluso miraban de reojo cuando aparecía con su camioneta para descargar sus cántaros en la nave.

Cuando acababa la jornada, Juan volvía a casa cabizbajo, triste, sin ganas de hablar con nadie. Su esposa intentaba consolarle sin éxito:

–No te preocupes, mi amor, –le decía su mujer– pronto se darán cuenta de que el que realmente sabe de esto eres tú. Lo de Pepe no deja de ser flor de un día, y si ha llegado hasta donde está, es gracias a ti.

“El Vaquero” respondía con sus silencios, cargados de rabia y resignación, de impotencia y de envidia.  Tras darse un baño, cenaba un vaso de leche caliente con pan tostado y se metía en la cama. Alguna noche, en la cama, su mujer notó como lloraba.

El caso es que cuando llegaban las fiestas del pueblo, la cooperativa se volcaba en el patrocinio de las actividades. Una de las más destacadas era el desayuno popular que ofrecían tras cada encierro y que congregaba en la plaza a cientos de vecinos de todas las edades, ansiosos por probar los churros que preparaban las esposas de los ganaderos y que acompañaban de la mejor leche caliente de la zona, y que impregnaba de aroma a toda la aldea. Pero en 1970 la cosa cambió. Ramón, uno de los ganaderos de la comisión de festejos, propuso un concurso para después del desayuno popular. Se trataba de que Juan “el Vaquero” y Pepe Arriaga eligieran a su mejor vaca, la llevaran a la plaza y la ordeñaran en una competición en la que ganaría el que más leche sacara de su animal.

Juan “el Vaquero” se negó en rotundo. “No, no y mil veces no – dijo – mis vacas no van a prestarse a semejante tontería. Esto no es ningún juego, para mí es algo muy serio. Mi competición arranca cada mañana. En mis establos intento siempre ser el mejor y toda la comarca así lo ha reconocido siempre. Mis vacas dan la mejor leche de la zona y así seguirá siendo, por muchos concursos que se organicen. ¡He dicho que no y es que no!”

Ninguno de sus socios de cooperativa logró convencerle de lo contrario. Ni siquiera Pepe Arriaga, con quien desde hacía meses que mantenía una relación correcta y educada, pero muy alejada de la camaradería que les había unido antes, había logrado hacer cambiar al “Vaquero” de opinión. No le valieron de nada las provocaciones que le lanzaba cada mañana mientras descargaban sus cántaros de leche: “Aquí huele a gallina”, le decía. Pero la postura del que fuera su amigo fue inamovible. Lo fue hasta que una noche, en la cama, su mujer le convenció de lo contrario.

–¿No te das cuenta de que ese concurso es una barrabasada? No se puede jugar con el pan nuestro de cada día –argumentaba Juan.

–¿Y tú no te das cuenta de que no van a parar de humillarte hasta que no aceptes? Además, no sé qué miedo tienes. Has demostrado siempre que sabes mejor que nadie cómo tratar a tus vacas para que sean las más productivas de la comarca. Todo el mundo lo sabe y lo reconoce. Además, es solo un concurso dentro de las fiestas del pueblo. Seguro que te sirve para reconciliarte con Pepe, hombre. Si habéis sido amigos toda la vida…

–A lo mejor tienes razón, lo haré. Aunque sigo creyendo que no es una buena idea.

Juan “el Vaquero” pasó la noche en vela, pensando en cuál de sus vacas sería capaz, no ya de ganar, sino de arrasar en el concurso. Puede parecer imposible, pero un ganadero como Juan conocía a todas y cada una de sus vacas. Y eso que las contaba por decenas. Pero él siempre decía que sus vacas eran como sus hijas. Se desvelaba si una estaba enferma, si dejaba de comer un día o si, por una vez, no daba la leche que esperaba de ella. Cuando el lunes por la mañana llegó a sus establos ya lo tenía claro: Amparito sería la vaca que participaría en el concurso, programado para la mañana del sábado. Durante esa semana, Juan se volcó en el trato a su vaca. Le preparó un pequeño establo para ella sola, colocándole una mullida colcha del mejor heno. Durante esa semana ordeñaba a Amparito en torno a las ocho y media de la mañana, coincidiendo con la hora en que se celebraría el concurso de la cooperativa, y le daba de comer el mejor forraje que encontraba en sus silos. Por las noches, cuando acababa su tarea, Juan “el Vaquero” y su mujer limpiaban y cepillaban a Amparito, que en la mañana del sábado estaba más reluciente que nunca.

Juan y su mujer madrugaron para colocar a la vaca en su camioneta y bajarla hasta el pueblo. Llegaron los primeros. Cuando aparecieron Pepe Arriaga y su vaca, ellos ya estaban listos e intentaban tranquilizar a Amparito con el cepillo y con sus caricias.

–Para no haber querido participar, has llegado el primero –le dijo Arriaga en tono provocador.

“El Vaquero” se limitó a mirarle a los ojos durante unos segundos, para después darse la vuelta y preparar su reluciente cubo de cinc y su banqueta de madera, que limpió con un trapito antes de sentarse de espaldas a Arriaga, junto a las patas traseras de Amparito, a la que no dejaba de acariciar. “Vamos Amparito, –pensaba– vamos a demostrar a todos estos lo que vale un peine”.

Ramón, el mismo que tuvo la idea del concurso, ejerció de árbitro en la particular contienda. Cuando Juan y Pepe estuvieron preparados, con un silbato, dio comienzo a la prueba. Pepe Arriaga comenzó a ordeñar a su vaca, de tono rojizo y cuernos afeitados, y Juan hizo lo mismo con Amparito. Mientras exprimía sus pezones, le acariciaba suave las ubres y le murmuraba palabras de ánimo. La mujer de Juan, situada a su lado, acariciaba el lomo de la vaca y, de vez en cuando, volvía la cabeza para ver cómo iba el cubo de Pepe Arriaga. A los tres minutos de competición, y tras llenar tres cuartas partes del cubo, a Amparito ya le costaba dar más leche. Juan se mostró tranquilo. Si su vaca no daba más leche, mucho menos daría la de Pepe Arriaga. “El Vaquero” miró a su mujer, y alzando la barbilla, la instó a mirar de nuevo el cubo de Pepe.

–Su cubo está igual que el tuyo, pero su vaca sigue dando leche –le respondió.

Intentando mantener la calma, Juan paró durante unos segundos, para que Amparito tomara aliento. Pero de inmediato volvió a la tarea, imposible ya, de ordeñar a la vaca. “El Vaquero” empezó a ponerse rojo y a apretar los dientes, mientras estrujaba con fuerza los pezones de la vaca, que comenzó a respirar muy fuerte y a lanzar berridos acordes al dolor que le producían las rudas manos de su amo. La mujer de Juan intentaba calmarla incrementando las caricias en el lomo del animal. El público, que se arremolinaba en torno a las dos vacas empezó a murmurar, para romper a reír segundos después. La carcajada general puso aún más nerviosa a Amparito, que agitó el rabo con tanta fuerza que golpeó en la cara de Juan, propinándole un latigazo que resonó en la plaza. Pero Juan no se inmutó, seguía apretando con fuerza las mamas secas de la vaca, a la que cambió las palabras de cariño por insultos. “¡Puta vaca!”, dicen en el pueblo que llegaron a oír de su boca. Fue ese el momento en el que el animal soltó una coz tremenda en la cara del vaquero, que cayó de espaldas al suelo, chorreando sangre por la nariz. Libre de ataduras, Amparito se agitaba sin parar. Comenzó a saltar y a dar vueltas como loca, con tan mala suerte de que uno de sus saltos se llevó por delante a la mujer de “el Vaquero”. Los vecinos que contemplaban el suceso intentaron sin suerte sujetar a la vaca, que volvió a soltar una potente coz con sus dos patas traseras, impactando en los rostros de dos niñas que miraban asustadas agarradas a la mano de su madre. Las dos cayeron muertas a consecuencia del fuerte impacto. Otra patada mortal de Amparito recibió en el cráneo Pepe Arriaga, que también intentaba frenar al animal, al que lograron sujetar entre siete mozos del pueblo. Entre tanto, el veterinario ya había acudido a la plaza con una inyección letal que sirvió para terminar con la ira de Amparito.

Mientras los mozos y el veterinario aplacaban a la vaca, y entre el revuelo general, Juan “el Vaquero” huyó de la plaza tambaleándose. El dueño de la cantina salió con un par de mantas para tapar los cadáveres de las niñas y de Pepe Arriaga, y dos vecinas intentaban reanimar a la mujer de Juan, que también había sufrido la ira de Amparito. Cuando logró recuperar el aliento, se levantó de inmediato para buscar a su marido, al que no encontraba por ningún sitio. Ni rastro de “el Vaquero” ni de su camioneta. Dolorida más por el drama que por el topetazo de la vaca, la mujer caminó durante media hora hasta los establos de Juan “el Vaquero”. El gran portón de entrada estaba abierto. La mujer se relajó, y pasó llamando a gritos a su esposo. Al alcanzar el corral principal, los gritos se ahogaron por el sofoco. Juan “el Vaquero” se había colgado por el cuello de uno de los porches que cobijaban al ganado en el invierno. Una pequeña banqueta de tres patas, volcada ya en el suelo, le había servido para auparse hasta el nudo.

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