EL RELOJ

La avenida principal de la ciudad siempre escondía alguna sorpresa, aunque a ella cada vez le resultaba más difícil encontrar algo nuevo. Le gustaba hacer el mismo recorrido cada mañana. Con sus zapatos de tacón y su bolso al hombro, y con un objetivo en la cabeza, salió de casa en dirección a la placita peatonal, que abandonó enseguida para bajar por la acera de la izquierda, disfrutando de los rayos de sol que pese a ser finales de octubre, brillaban con mucha fuerza. El aroma al café de los primeros bares de la calle le ayudó a sentirse cómoda en un ambiente que, por otro lado, nunca le resultó extraño.

Sus tacones pisaban fuerte en el adoquín, provocando pequeños sobresaltos en los viandantes más distraídos. Andando hacia su meta se topó con Amelia, una joven menuda y muy guapa, a la que conoció hace seis años en su mesa preferida del bingo. Desde entonces comparten cartones, copas, cigarrillos y muy pocas alegrías derivadas del juego. La última alegría la compartieron anoche, tras cantar un bingo de trescientos cincuenta euros que partieron como buenas socias de mesa.

–¡Amelia! ¡Qué sorpresa!

–Ya ves tú, y yo que creía que vivías en el bingo, como nunca nos vemos en la calle…

Ambas rieron mientras se despedían. Dejando a su amiga atrás, echó a andar apretando con fuerza el bolso y esbozando una sonrisa pícara. Dentro llevaba el remedio a sus males, ciento setenta y cinco euros que le serían muy útiles en la joyería más antigua de la ciudad, y situada apenas a cincuenta metros.

Tras el escaparate de aquella gran joyería estaba su mayor anhelo. Al menos su mayor anhelo de los últimos quince días. Aquel reloj sería el mejor antídoto a su crisis de pareja. Era perfecto. La esfera blanca, con sus agujas ceñidas siempre al implacable ritmo de las horas, se sumaba una preciosa pulsera dorada, gruesa, brillante… El sueño de Ramón. Ramón siempre quiso exhibir en su muñeca una joya parecida, era el complemento ideal a sus trajes italianos, ésos en que se enfundaba de lunes a viernes para captar inversores y clientes en la sucursal del Banco Confederal en que trabajaba. “Si yo tuviera un reloj como ése…”, solía decir al paso por el escaparate de la joyería.

Y allí se paró. Sus tacones dejaron de sonar en la acera para situarse frente a la gran cristalera. Embelesada, quieta, casi inmóvil, con la mirada clavada en el reloj, con los ojos iluminados por el brillo de la pulsera, casi escuchando el tic-tac de aquella máquina de precisión, siguiendo casi el ritmo del segundero. Pasaba el tiempo, pero allí seguía, soñando en el momento de entregarle el regalo y de enredarse en sus brazos como el reloj lo haría en su muñeca.

Sólo el sonido de su teléfono móvil dentro del bolso logró despertarla de aquel letargo. Enseguida comenzó a buscar el teléfono, lo agarró y pulsó la tecla verde. Tras un “hola cariño, estaba…” su cara cambió de color. El brillo de su cara se apagó por momentos y dos lágrimas sucias por el maquillaje empezaron a caer por sus mejillas. Sus tacones, casi torciendo sus pies, volvieron a caminar por la calle principal, ya sin la sonoridad con la que salieron de casa a primera hora. Mirando al suelo pensó que aquel reloj ya no era la solución a nada. Todo lo que rodeaba a aquel reloj solo había resultado una pérdida de tiempo.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s