EL CAMINO

A vosotros, compañeros de viaje

No sé cuánto tiempo llevo siguiendo el curso de este camino. Hace diez, veinte, treinta años. No lo sé. Reconozco que también me costaría girar sobre mí mismo y emprender el sendero a la inversa. Creo que sería incapaz de recordar cómo volver al origen. Lo que sí tengo claro es que en esta ruta nunca estuve solo.

Al trayecto se han ido sumando muchos y en muchos momentos. Algunos lo hicisteis casi al principio. Juntos hemos recorrido tramos llanos, muy cómodos, trazados sobre un asfalto firme, sin fisuras. En otras partes el camino no ha sido de rosas, precisamente. Nos hemos topado con barreras que a veces nos parecieron infranqueables. También hemos dado con auténticas tormentas que intentaron empaparnos el alma, a la que cubrimos con una gabardina que resbalaba muy bien el agua. Unas buenas botas nos protegieron del suelo empedrado y abrigaron nuestros pasos del frío de la nieve, sin poder evitar el típico catarro de invierno.

Pero nunca cejamos en el empeño. Supimos abrirnos paso en un carril difícil, que en ocasiones nos puso en la tesitura de elegir. La vía se bifurcaba, pero nunca nos falló el instinto. Y, casi siempre, ante cualquier cruce de caminos, elegimos el de la izquierda. En diez, veinte o treinta años no hemos escapado a las dudas: muchos abandonamos la senda para retomarla enseguida; otros la dejaron para siempre y algunos se siguen tambaleando en la cuneta, protegidos por el quitamiedos.

Nuestros equipajes siguen siendo pesados, muy pesados. Pero las ganas de seguir, los cartuchos de voluntad y de ánimo nos animaron a no parar. Además, siempre encontramos a alguien que nos echó una mano con la mochila y que nos prestó un pañuelo para secarnos la frente. Estos gregarios nos siguen en esta larga carrera, más de fondo que de velocidad. Porque aquello de llegar primero ya está mal visto, se trata más bien de saber llegar y, si puede ser, bien arropado.

La etapa de hoy tiene parada y fonda en esta mesa. El avituallamiento será abundante y sabroso, a buen seguro. El vino correrá por nuestros vasos, que se elevarán en más de una ocasión para chocar con los otros. Y a los postres llegarán los buenos deseos bañados en alcohol, que nos volverá amnésicos durante unas horas. Pero el camino sigue ahí, afuera, esperando. Esperando están las tormentas, la nieve y las piedras. Esperando están la cuneta y el quitamiedos. Y las mochilas, y los pañuelos para secarnos la frente. Y esperando estaremos todos, antes de partir, para que no falte ninguno.

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