DUELO

En aquella gran sala hacía mucho calor, en contraposición al frío intenso de la calle, propio por otra parte a una tarde de diciembre en la meseta. La decoración era sencilla, pero muy elegante. Grandes cuadros colgaban de las paredes y un gran tragaluz absorbía la poca claridad que a esas horas de la tarde había fuera. Pegados a las paredes se situaban unos cómodos sofás de cuero. Delante de cada uno de ellos, una mesita baja de madera de caoba y una hermosa planta remataban el espacio.

En la pequeña escalinata de la entrada, el señor Gabriel recibía a sus parientes, vecinos y amigos con un apretón de manos o con un abrazo, en función del grado de confianza. Sentía el frío en sus caras y en sus manos, de piel rugosa, recia, en los hombres, y mucho más suave en las mujeres. Solo tenían en común el color sonrosado de sus rostros, que no variaba al cambio de temperatura. Casi todos ellos vestían pantalón oscuro, camisa y jersey de cuello de pico, con colores que abarcaban la gama que va del rojo al marrón. El color negro triunfaba entre ellas, que entraban moviendo sus carnes rotundas, abrigadas hasta el cuello, y con un bolso bien cogido debajo del brazo.

El murmullo era generalizado en la sala. Todos los corros de hombres y mujeres procuraban no levantar la voz, pero la suma de todos los susurros hacía que el volumen fuera subiendo por momentos. Muchos de ellos entraban y salían de una sala contigua, aislada de la principal por un biombo, en la que servían bebidas calientes. Las conversaciones eran de lo más variopintas, aunque en su mayoría servían para que unos supieran de los otros.

“Cada vez quedan menos de los de mi edad”, pensó el señor Gabriel debajo de su chaqueta de lana, observando desde la escalinata a cada una de las personas que habitaban en aquel salón, en el que la temperatura había subido un par de grados desde su apertura al público. Solo tres de sus nueve hermanos estaban acompañándole aquella tarde. El resto se dividía entre los que ya habían muerto y entre los que, ante su avanzada edad, habían enviado como emisarios a sus hijos o a sus nietos. Sin embargo, en esta ocasión no despedía a ningún hermano. Con los ojos acuosos por las lágrimas, avivadas por las palabras de duelo, el señor Gabriel estaba despidiendo a un hijo. Desde que a primera hora de la mañana recibiera la llamada del hospital anunciando la temida noticia, en su cabeza no habían dejado de dar vueltas preguntas sin respuesta a las que intentaba contestar con la ayuda de la ley de la vida, a la que acudían todos cuando encontraban poca explicación a algún asunto. Pensó en el día en que nació, en la emoción que le produjo tener a su primer varón entre los brazos y en cómo se multiplicaron entonces sus ganas de vivir para guiar a su hijo en la vida, para hacer de él un hombre honrado y de provecho como lo era él y como lo había sido su padre.

Sin embargo aquellos planes nunca se cumplieron. O al menos como a él le hubiera gustado. Y eso que su hijo se había convertido en un hombre importante en la provincia. Era un prestigioso ingeniero y de sus manos habían nacido el puente del río que separaba el pueblo del vecino o aquella gran red de tuberías que había abastecido de agua a todos los vecinos de la zona. Pero aquello no le bastaba. Admirador de la vida pública de su hijo, nunca pudo tolerar su vida privada, muy alejada de los cauces correctos que marcaban su forma de ver las cosas. Aunque lo que peor llevaba eran los comentarios, las mofas y las críticas de algunos, que con su cinismo a cuestas habían acudido también al velatorio.

El que no ha había acudido era el responsable del distanciamiento entre el padre y el hijo. Ese que en su día se hizo llamar su marido y que le había dejado morir solo en una cama de hospital, al enterarse de que la bocanada de aire que lo apagaba lentamente era el virus del Sida. “Valiente traidor”, pensó mientras observaba a su esposa, de negro riguroso, llorando ante la mampara. Las lágrimas volvieron a brotar de sus ojos, mientras apretaba los puños de rabia. Su hijo había muerto en la más absoluta soledad, con el amparo clandestino de su madre y demasiado alejado de su padre, que permanecía encerrado en sus viejas ideas de entender la vida, en las que no entraba una boda con dos hombres como contrayentes. Ni entraba en sus viejas ideas de entender la vida ni en las de la mayoría del pueblo, que sin embargo había acudido en masa a acompañar al señor Gabriel.

–¿Don Gabriel Martínez Roldán?

–Sí señor. Buenas tardes.

–Le acompaño en el sentimiento. Tuvo usted un hijo brillante en su trabajo y en su vida. Un hombre muy honrado, desde luego. En la Diputación Provincial nunca olvidaremos su obra civil y su ejemplo de vida, encerrado en esa forma tan digna de morir.

El señor Gabriel se estiró, se recompuso la chaqueta de lana y se secó las lágrimas. Los operarios del tanatorio cerraron las cortinas de la mampara. Cerraron la caja y el señor Gabriel vio como le menguaban las ganas de seguir viviendo.

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