CUENTO DE NAVIDAD

Carlos nunca pensó en que a sus cuarenta años pudiera seguir gustándole tanto el roscón de Reyes. Pero no dejó pasar ni una tarde de cinco de enero sin su pedazo de roscón y sin su taza de chocolate caliente. Y la de este año no iba a ser especial. Sentados a la mesa del comedor estaban ya sus tres hijos y su mujer, aguardando al chocolate y al roscón, bromeando sobre quién se toparía con la sorpresa entre sus dientes y apretando a su padre para no llegar tarde a la cabalgata. Todos los años, por esta fecha, Carlos se seguía extrañando de su pasión por el roscón de Reyes.

Con cuatro años recién cumplidos, Carlitos salió aquella de víspera de Reyes de la mano de su padre. Con un abrigo negro y un gorro de lana a juego con una borla en la cima, Carlitos se sujetaba de la mano de su padre, que iba tan aprisa que el niño apenas podía sujetar la manopla de colores que le abrigaba del frío. Él aceleraba el paso apurado por su padre, que quería comprar un roscón de Reyes antes del paso de la cabalgata de su barrio. Carlitos no podía entender esa obsesión de su padre por el roscón, un dulce grueso y seco y con esos gajos de fruta de colores que se pegaban al paladar. Al llegar a la confitería, no pudo dejar de observar todos los dulces y pasteles que se acumulaban en los mostradores. Colándose entre las piernas de los clientes, Carlitos pegó la nariz al cristal de la vitrina y ahí estaban todos: las palmeras de chocolate, los buñuelos, los cucuruchos de crema y las bambas de nata… Pero su padre apenas se percató de lo que a su hijo le apetecía, y corrió a pedir su roscón de Reyes. La dependienta colocó el bizcocho sobre una bandejita de cartón, envolviéndolo todo con papel y sujetándolo con un hilo. Entre tanto, el padre de Carlitos ya había sacado las ciento setenta pesetas con las que habría de pagar el roscón antes de correr a ver la cabalgata.

Tal fue la prisa que se dio el padre de Carlitos, tales eran sus ganas de correr a ver la cabalgata, que se olvidó del niño. Cambió la manita con la manopla por el hilo del que colgaba el roscón. Se mezcló entre el gentío hasta llegar a la placita central del barrio, donde se apostó junto a una esquina con su roscón en la mano a esperar la llegada de los Reyes Magos.

Saliendo de la hipnosis que le provocaban todos aquellos dulces, Carlitos despegó la nariz del cristal de la vitrina, giró la cabeza y su padre ya no estaba. No quiso asustarse, y buscó muy bien por toda la tienda, repleta de gente apresurada, divertida, que solo miraba al frente y por encima de las cabezas del resto para ver si llegaba su turno.

-¡A mí me pones uno de medio kilo! –decía una señora–. ¡Y a ver qué le has puesto de sorpresa, que la peseta del año pasado casi acaba con mi suegra en urgencias! –bromeaba.

Carlitos maldijo a su padre y a su obsesión por los roscones de Reyes. Y maldijo a los Reyes Magos, que no solo se conformaron con haberle dejado una triste pelota un año antes, sino que además ahora habían permitido que su padre se olvidara de él en el mostrador de una confitería, en la que ni siquiera pensó en comprarle una triste napolitana. El niño salió a la calle y comenzó a andar sin mucho tino. El desconsuelo le podía, la angustia de no volver nunca más a casa era cada vez más intensa. Y todo por un maldito roscón de Reyes. El roscón se había convertido en el ogro de todos los cuentos, en el lobo feroz que dejaba sin merienda a los niños. ¡Maldito ogro!, pensaba Carlitos, rodeado de piernas por las aceras de su barrio.

Ni sus pequeños pasos ni aquella borla de lana en lo alto de su cabeza llamaban la atención entre el gentío. Ni si quiera llamaba la atención entre los niños como él, más pendientes de encontrar un sitio junto a las vallas metálicas colocadas por el ayuntamiento para regular el paso de los tres reyes y de sus correspondientes séquitos.

Entre esa marea de gente, Carlitos alcanzó la placita e intentó encaramarse al pedestal de la estatua que la presidía. Pero no pudo ser, otros niños mayores ya la ocupaban y le negaron el sitio. Así que siguió bajando por la placita hasta que algo le golpeó la frente y le obligó a detenerse. Apenas le dolió, pese a ser un ogro grande y fuerte el que le había detenido. Carlitos miró hacia arriba, saludó con alegría a aquel ogro y se colgó de la mano izquierda del hombre que transportaba al causante de todos sus problemas. Sí, era su padre con el roscón. Carlitos no dijo nada y su padre no llegó a saber nunca que aquella tarde había perdido a su hijo durante cuarenta minutos sin darse cuenta.

Pero desde aquel año, Carlitos nunca soltó la mano de su padre a la hora de comprar el roscón. Ni siquiera se soltaba en la pastelería para pegar la nariz al cristal de las vitrinas. Su padre murió hace siete años, pero Carlos nunca ha dejado de mantener la tradición de comprar su roscón en la tarde de la cabalgata. Al fin y al cabo, aquel ogro grande y malo le había llevado hasta su padre.

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