CENA FRÍA

Un joven moreno de piel, con aspecto de latino, intenta cenar un poco de pollo caliente, humeante, sentado a la mesa que hay bajo la tele. Hoy domingo, el bar está vacío a esta hora de la noche. Solo un cliente silencioso, casi mudo, apura una cerveza mirando a la nada desde una esquina de la barra. Cuando abro la puerta del bar, tengo la sensación de haber roto algo: la rutina de un domingo, la exasperación de un hombre que ve morir su negocio, que desde hace meses se va enfriando como un cadáver. Es un bar clásico, de esos que en su día abundaban en las plazas del sur de Madrid y en los que se servían mejillones de lata y vermut de grifo. Tan clásico que conserva la barra de contrachapado, las viejas neveras, los manteles de papel y alguna que otra botella de Veterano. Tan clásico que los baldosines del suelo están carcomidos por los bordes. Tan clásico que en sus estantes brilla la roña de un viejo escudo del Real Madrid. Tan clásico que se podría decir que en los últimos cincuenta años solo han cambiado los platos que componen el menú de las pizarras: encebollado de pescado y alitas de pollo fritas con patatones.

Me acomodo en el mejor lugar de la barra, frente a la tele, donde dan los resúmenes de los partidos de la jornada de liga. No me quito el abrigo. En este bar hace mucho frío. El joven que intenta cenar se levanta para atenderme. Pasa a la barra por el hueco del rincón. Apenas necesita agacharse. Me sirve una cocacola de lata y me ofrece un platito de frutos secos de forma cordial. De inmediato, regresa a su mesa, a su plato de pollo y a un pequeño bloc en el que parece sumar ingresos y restar gastos. Suspira. Otra jornada más, la caja está vacía. Suelta el bolígrafo y agarra de nuevo el tenedor para pinchar otro trozo de pollo. Parece comer sin apetito. A veces incluso parece sentir asco. Se levanta y se pone un jersey de lana gorda de colores, de esos que terminan con una capucha, para después volver al pollo.

Miro la hora. Son las ocho y media. Un chorro de frío me sube por la espalda. Dos chicas jóvenes, también latinas, de unos quince años han abierto la puerta y han entrado al local. Se acercan en silencio a la barra y esperan a ser atendidas. Con mucha resignación, el dueño del bar vuelve a dejar el pollo a medias para despachar a las dos chicas, que le piden tabaco. “No, lo siento, no vendemos tabaco a menores”, dice el camarero. Sus palabras resuenan entre los viejos azulejos de las paredes, de las que cuelgan fotos del Madrid de la posguerra. Es como si el viejo Madrid se fuera apagando, como si la Cibeles o la Puerta de Alcalá se enfriaran dentro de aquella cantina.

Antes de que el camarero vuelva a su mesa le pago la consumición. “Gracias señor”. Las monedas suenan huecas en el cajetín de la registradora. Agachándose por el hueco de la barra, el joven regresa a la sala y vuelve a ocupar su sitio en la mesa. Bebe un poco de vino y le hinca el diente a un ala de pollo frito. “¡A la chingada, –exclama– otra vez la cena fría!”. Se levanta con el plato en la mano. Lo coloca en un ventanuco que debe dar a la cocina. Se inclina para coger una copa, que rellena con una de las viejas botellas de Veterano. “Hace frío esta noche, ¿verdad señor?”

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