AMOR DE COLORES

Desde muy pequeño, el portal de mi casa siempre huele a lo mismo. Décadas después, el portal sigue oliendo a lo mismo a la hora de la merienda. Ni huele a chocolate ni a nada que se le parezca, no es el olor característico de algo comestible, es tan solo el olor del portal de casa a la hora de la merienda.

Siempre he tendido a identificarlo todo con sensaciones. Algo muy similar me sucedía con los días de la semana, a los que identificaba con un color determinado. Los lunes, por muy primaverales que fueran, siempre estaban ligados al gris en mi mente. Era como si durante los lunes los coches soltaran más humo por sus traseros y las nubes más oscuras arroparan al mundo de forma inesperada. Claro, que todo estaba en mi mente, que imponía un filtro gris en mi percepción vital. El filtro se iba aclarando con el paso de los días. Así, los martes solían teñirse de azulón, mientras que los miércoles eran de color marrón, que se convertía en un rojo intenso cada jueves. Los jueves eran como el rojo de la sangre y del coche de bomberos, como el rojo de las amapolas. Eran de un rojo apunto de estallar en millones de gotitas que se iban aclarando según caían al suelo, dando paso al naranja de los viernes. ¡Ah los viernes! Cada viernes me encontraba con aquella niña en la piscina, con su sonrisa de gazpacho y con su balón de baloncesto debajo del brazo. Todo era tan naranja, era todo tan… ¡viernes! Los viernes daban paso al amarillo del sábado, que se teñía de verde los domingos. Yo creo que lo de los domingos y el verde tenía algo que ver con la esperanza de que el lunes pasara pronto.

Así pasó mi infancia y así pasó mi adolescencia, entre filtros de colores que no se disiparon con la llegada de mi madurez. Los lunes tomaba el café solo y largo, y el miércoles ya lo aclaraba con una nube de leche. Los jueves me ponía la camisa roja que me regaló mamá y los viernes tomaba gazpacho en honor a Alba, la niña de la sonrisa cremosa y el balón de baloncesto. Esa tradición perduró durante años, incluso durante los que estuve casado con Marieta, quien, por cierto, preparaba un gazpacho riquísimo.

En nuestra boda yo me puse corbata amarilla y las flores de su ramo eran rosas amarillas, que por algo era sábado. Con Marieta mis días saltaban como por una escalera de colores. Incluso tuvimos un hijo, que nació un lunes por la tarde, y al que pusimos Bruno, que quiere decir oscuro. La propia Marieta entró en el juego de percepciones cromáticas que había marcado mi vida desde pequeño. Los miércoles comíamos lentejas, los sábados paella y los domingos paseábamos de la mano por los Jardines del Príncipe. Incluso algunos lunes discutíamos adrede, para oscurecer el amor que nos brindábamos. Los lunes éramos como sombras enamoradas.

Cuando Bruno cumplió seis años lo apunté a clases de natación. Todos los viernes lo llevaba hasta la piscina en la que yo aprendí a nadar y en la que coincidía siempre con la niña de la sonrisa de crema y el balón de baloncesto. Todo transcurría con normalidad hasta que un viernes me topé con un impacto de viernes: Bruno salió del vestuario con su mochila al hombro y acompañado de una niña que llevaba debajo del brazo un balón de baloncesto. Mi hijo corrió hacia mí y ella se dirigió hacia otro lugar de la piscina, donde la esperaba una mujer alta, esbelta y con una gran sonrisa del color del gazpacho. No podía ser otra, tenía que ser Alba.

Ella no reparó en mi presencia, pero al siguiente viernes no dudé en acercarme a ella. Me puse un polo naranja que a Marieta le encantaba y no dudé en abordarla mientras esperábamos a los niños. Le expliqué, tras los saludos pertinentes, que si recordaba su rostro de forma tan nítida era porque siempre estaba asociado a los viernes. No le dije nada del naranja que teñía mis viernes – puede resultar ridículo si uno se para a pensarlo – pero sí le comenté lo de nuestras tardes en la piscina y le hablé de la pelota de baloncesto que llevaba debajo del brazo y que ahora, curiosamente, llevaba su hija. Evidentemente, no pudo negar nada de lo que le dije, los detalles anaranjados anidaban en mi mente desde entonces y la sorpresa para ella fue mayúscula.

Lo cierto es que la historia debió resultarle divertida porque me invitó a tomar un café en el bar de la piscina. “Mientras terminan los niños”, dijo. Charlamos durante unos diez minutos, tiempo justo para darme cuenta de que aquella sonrisa anaranjada acabaría marcando el resto de mi vida. Tanto es así que no dudé en invitarla a cenar esa misma noche, aprovechando que Marieta la pasaría cuidando a su padre enfermo en el hospital.

Antes de llegar a casa aproveché para llamar a la canguro –por cierto, ¿de qué color serán los canguros?– que cuidaría de Bruno aquella noche, para no levantar sospechas. Alba estaba brillante cuando llegó al restaurante. Llevaba un vestido ceñido color champán que cumplía a la perfección con el tránsito del naranja de viernes al amarillo de los sábados.  Aquello me hizo sentirme inferior. “¡Qué tino a la hora de escoger los colores!”, pensé, consciente de que lo único naranja que yo llevaba era la corbata. La cena resultó muy amena –resulta que Alba y yo teníamos muchas cosas en común –incluso le hizo gracia mi historia personal en forma de arco iris. Fue ella quien se encargó de pedir los postres. “Dos sorbetes de naranja”, dijo entre risas. Después decidimos ir a tomar una copa de ron con limón –“¿Olvidas que ya es sábado?”, le dije yo –agarrándola por la cintura. El gesto fue atrevido, pero Alba no rehuyó mi brazo. Muy al contrario, se dejó estrechar. Después llegó el primer beso, y el segundo, y la segunda copa, y el tercer beso…

Llegué a casa de madrugada, poco antes de que Marieta volviera del hospital relevada por su hermana. Bruno dormía en su cuarto y yo me metí en la cama de inmediato. Marieta no notó nada extraño al llegar a casa pero sí que comenzó a sospechar en la mañana del sábado. La sensación de culpa con que me levanté era tan oscura como los lunes. Estaba triste y debía transmitirlo a través de mi cara y de mis gestos. Mi rostro era el espejo de la culpa durante el desayuno, aunque todo estalló al salir de la ducha con la camiseta gris que solía utilizar los primeros días de la semana.

–¿Por qué te pones esa camiseta? ¿Has olvidado que hoy es sábado? – me preguntó Marieta con cierta indignación.

–No me he dado cuenta cariño, no he dormido bien esta noche– respondí lacónico.

–Algo he notado, sí. Ni siquiera has probado el zumo de pomelo. Toda la vida adaptándome a tus caprichos cromáticos y ahora resulta que una mala noche va acabar con todo esto.

–Tienes razón cariño –dije yo camino del armario a buscar la camiseta de los sábados, esa con los girasoles de Van Gogh estampados en el centro.

Lo cierto es que a partir de aquello todo comenzó a oscurecerse. Los jueves ya no eran tan rojos y el marrón de los miércoles se fundía casi en negro. Marieta y yo volvimos a ser sombras enamoradas, pero esta vez durante toda la semana. No pasaba un día sin una pelea, sin una bronca, sin una mala contestación, sin un silencio culpable. Una culpa que se delataba cada viernes, cuando la sonrisa regresaba a mi cara y el polo naranja, recién planchado, recubría mi cuerpo. Y es que los viernes seguía compartiendo con Alba las peripecias de Bruno y de su hija en la piscina. Nuestra relación quedó solo en eso. Así lo convinimos después de la primera y única noche. Los dos estábamos casados y enamorados y teníamos dos niños que nos comprometían un poco más si cabe con nuestras parejas. Pero lo de ver a Alba me seguía excitando demasiado, para mí suponía romper con la monotonía gris que se había instalado en mi relación con Marieta. Sin embargo, a mí mujer aquello le reventaba por dentro. No sabía nada de Alba ni de nuestra historia en común, pero no podía soportar verme como un tipo gris durante seis de los siete días de la semana.

Al cabo de dos meses me marché de casa y dejé en manos de la canguro la tarea de llevar a Bruno a la piscina. Era mi manera de huir de Alba y también de romper con Marieta. Desde entonces los días siguen siendo monocromáticos, teñidos de un gris insoportable. Ya no se salvan ni siquiera los viernes. Y el portal de casa a la hora de la merienda ya no huele al portal de casa a la hora de la merienda.

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