A LAS PUERTAS DEL CIELO

Remolinos de arena trotaban por mis venas. El volante ardía y se pegaba a mis manos, apéndice final de unos brazos agarrotados por la tensión. Los pensamientos se agolpaban en mi cabeza como lo hacen los deseos a las puertas del cielo. Un silencio inusual retumbaba en mis oídos, adormecidos por las ráfagas de viento que entraban por la ventanilla. Y en mi boca el sabor del fracaso. Al frente, mi mirada, entornada por el sol, escrutaba solo un camino, el que me conducía hasta ti.

El asfalto se derretía bajo la goma gastada de los neumáticos y una señal me alertaba de lo cercano de nuestro encuentro. Imágenes distorsionadas se cruzaban por la luna del coche: era tu espalda, dorada y exquisita, en la parada del autobús. Eras tú preparando la cena antes de meterte desnuda en la cama, eran tus piernas enredadas con las mías. Tu humedad, más intensa que nunca. Tus besos de tornillo. Era tu perfume natural, invicto en mil batallas.

Eras tú de la mano de otro, eran mi angustia y mi calvario. Era tu sangre manchando mis manos celosas, obedeciendo a las órdenes de un cerebro encharcado de ira.  Eras tú sin mí, era mi sombra deambulando perdida por el Puente de la Soledad. El puente, la soledad.

Estiré la pierna derecha y pisé el pedal a fondo. Noté como el motor del coche se ahogó al reventar contra el murete de piedra que me separaba de tu abismo. Sentía como el vacío no consiente ni un suspiro. Te buscaba en el fondo del río, como a un deseo, sin ser consciente de estar ya a las puertas del cielo.

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