A LA MODA

Tras despedir a Teresa en la puerta de aquella tetería, Isabel decidió que aquella tarde era ideal para dar un paseo por el centro. Se acercaba la Navidad y durante esos días las calles principales se ponían de bote en bote, y no digamos el metro. Toda la gente apretada, en ese ambiente tan agrio, fueron un aliciente más para ir caminando hasta casa cruzando la Gran Vía. Caminaba a la altura de la Plaza de Callao cuando se decidió a echar un vistazo en una de esas tiendas de moda en las que la música araña los oídos y las clientas revuelven entre montones de prendas.

“No tienes remedio, hija. ¡Pero dónde vas a meter más ropa!”, le decía su madre cada vez que aparecía con un modelito nuevo. Esta vez no tendría que escuchar reproches al llegar a casa, porque apenas había tenido dinero para pagar el té y además había olvidado la cartera en casa. Pero lo cierto es que vivía obsesionada por la ropa. Por la ropa y los complementos. De hecho, no tenía una prenda favorita. Le daba igual una falda que un pantalón, un jersey que un vestido, unos zapatos que una bufanda. El armario de su cuarto reventaba por las costuras, pero eso le daba igual.

Con una mano en el bolsillo izquierdo del abrigo que había estrenado dos días antes, y con la otra agarrando el bolso, cruzó la puerta de la tienda y empezó a pasear por los pasillos. Los cajones repletos de prendas sueltas se habían convertido en montañas de arenas movedizas. No dejó un baldosín del suelo sin recorrer, ni una percha sin descolgar de su barra. En esas andaba cuando ese olfato de sabueso que la acompañaba siempre que salía de compras la llevó hasta el gran descubrimiento de la tarde. Aquel vestido era único, el que siempre hubiera querido tener. O al menos con ese pensamiento se sugestionó. Porque nada más lejos de la realidad, ese era un vestido normal y corriente, fácil de encontrar en cualquier otra tienda y bastante asequible en el precio. Pero para ella era el descubrimiento de la tarde, era una nueva pieza para su colección de moda, era el capricho del día y no podía dejarlo en el expositor, como si fuera un vestido de entre tantos.

Así que lo agarró y se puso a la cola de los probadores. Cuando accedió al cubículo de madera cayó en la cuenta. “¡Joder! No tengo dinero”, pensó. Y es que la amnesia sobre lo demás era fulminante cuando Isabel entraba en unos grandes almacenes. Por un momento pensó en no probarse si quiera el vestido y en dejarlo en el estante de donde lo había sacado. “Ya que estoy aquí…”, se dijo. Y se desnudó y se enfundó aquella pieza que olía a nuevo y que además le sentaba como un guante. Realzaba su figura femenina, remarcaba bien sus pechos y sus caderas, el color granate resaltaba más si cabe su pelo negro y largo y le iba muy bien con los zapatos que había comprado tres días antes. “Pero no puedo llevármelo…”

“O sí”. La sensatez de Isabel se esfumaba cuando iba de compras. Así que se quitó el vestido, lo dobló con cuidado y lo metió en el bolso. Tuvo mucho cuidado de cerrarlo bien e incluso se sentó sobre él para evitar deformaciones sospechosas a los ojos de cualquier vigilante. Al salir del probador decidió dar otra vuelta por los pasillos para disimular su acción y varios minutos después se decidió a abandonar la tienda cruzando el pasillo central, que a esa hora de la tarde era un hervidero de gente. Nerviosa ante la situación, Isabel no dejaba de mirar para todos lados. Miró a los dependientes de caja, que no levantaban la vista de la registradora, y al alcanzar la puerta se fijó en el guardia de seguridad.

Era un tipo bajito y gordo, desaliñado, con una barba oscura y espesa y una de esas gorras verdes de plato que les hacen creerse capitán general. Mientras Isabel le miraba, el guardia bostezó. “Este va al cine y se duerme antes del NODO”. Apretó fuerte el bolso bajo su brazo y de dirigió a la puerta del comercio, en la que confluía una marabunta de gente que entraba y salía, propia de una tarde de diciembre en la Gran Vía. Aquella sensación la excitaba muchísimo. Estaba robando solo por aumentar su colección de ropa con aquel vestido. Solo se lo pondría un par de veces, como hacía con todo lo que compraba. Nunca había tenido que llegar al extremo de hurtar una prenda, y solo eso ya la convertía en una prenda especial.

Con ese pensamiento en la cabeza y redoblando sus pulsaciones cruzó el umbral de la puerta, custodiada por dos paneles metálicos que pitaban al detectar cualquier robo. Y los paneles pitaron. El susto entre los clientes que entraban y salían de la tienda fue instantáneo, y fue justo en ese momento cuando el guardia despertó de su letargo para gritar: “¡Señorita! ¡Señorita por favor!”

Isabel se paró de sopetón sin girarse. Lo hizo al cabo de unos segundos para descubrir que aquel perro ya tenía presa. “Acompáñeme por aquí, por favor”. El de la gorra de plato se dirigía a una chica algo más joven que ella, vestida con unos vaqueros rotos y una gorra con una visera que casi le tapaba los ojos. La agarró del brazo izquierdo con fuerza y se dirigió con ella a un cuarto privado situado junto a las cajas. Un sentimiento de culpa se instaló sin remedio en la cabeza de Isabel, pero no le impidió seguir andando hasta plantarse desorientada en la acera, recibiendo empujones y golpes de todos los viandantes que a esa hora poblaban la calle. Se echó a un lado, apostándose junto a un quiosco de prensa, desde donde esperaba la salida de aquella chica. Quería saber qué le sucedería y comprobar qué le hubiera ocurrido a ella por un hecho similar.

Al cabo de quince minutos la chica de la gorra salió de la tienda. Lo hizo acompañada del guardia de seguridad y de un tipo encorbatado que parecía ser el jefe del negocio. Ambos se deshacían en disculpas hacia la muchacha, que seguía abochornada por una situación que no había provocado. Con sus compras en la mano, salió hacia la Gran Vía y enfiló la acera hacia la Plaza de España.

Isabel la siguió durante unos minutos, hasta que se decidió a pararla. La chica de la gorra pensó en una turista perdida por Madrid, pero se quedó sorprendida cuando Isabel sacó el vestido del bolso. “Seguro que a ti te queda mejor”, le dijo sin más preámbulos, insistiendo en que lo cogiera. La falsa ladrona ya había tenido bastantes problemas aquella tarde, y no quiso tener más con aquella loca. Así que cogió el vestido, le dio las gracias y mientras Isabel se dio la vuelta ella siguió su camino.

Isabel se fue a casa nerviosa, sin dejar de pensar en todo lo que le había pasado durante la tarde. El té con Teresa, la marea de gente que habitaba el centro en diciembre, aquella tienda, el vestido, el probador, aquel guardia de seguridad… su maldita obsesión por la ropa nueva.

“¿A dónde voy yo con este adefesio?” Cuando la chica de la gorra alcanzó la Plaza de España, sacó el vestido de una de sus bolsas y lo tiró en una papelera.

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