Oye, Norma…

No parecía éste el sitio en el que fuera a encontrar a Norma. Sin embargo, la encontré aquí, en esta casa de piedra cerrada con este portalón de dos piezas y situada a la retaguardia de un patio muy fácil de cruzar. Apenas si tiene veinte o veinticinco pasos que no necesitan de torcerse para alcanzar la puerta que da acceso a la vivienda. Sentada en una butaca de mimbre, acolchada en la espalda y de patas robustas, estaba la pobre Norma. De un primer vistazo parecía abatida. Como cansada de vivir en un cautiverio al que se vio sometida sin quererlo. Ésa es al menos la primera idea que obtuve de aquella estampa. No obstante, y al cabo de estar allí, de pie, junto a ella, pude descubrir que sus sensaciones eran otras.

Norma estaba feliz y plena. Había descansado durante varios días, según me dijo: de la cama al sofá y del sofá a la cama. Por las tardes se daba un baño caliente, con un libro y un buen vaso de whisky y solía comer ligero, ensaladas muy frugales sin apenas proteínas. Necesitaba algo así, una temporada alejada de todo. No podía soportarlo más, ¿sabes? He tenido mucho tiempo para pensar, para recomponer mis ideas, para darle una vuelta al futuro que espera ahí afuera.

Ahí afuera no hay futuro que valga, le dije yo, solo existe el presente y discurre lento, muy lento. Aquella aldea era una mota parda sobre los campos de cereal vistos desde las alturas. La rodeaban varias calles cortas y estrechas, escoltadas, eso sí, por hileras de plátanos muy altos que abrigaban del calor a las casas de barro y adobe que conformaban aquel poblado. Eran casas de dos plantas, en su mayoría, de fachadas encaladas unas y simulando el ladrillo visto las que más. De ladrillo visto era la casa que daba cobijo a Norma, que solía salir a la acequia de detrás de los árboles para coger agua fresca para beber. En mi otra vida nunca me vi haciendo tal cosa, siempre pensé que el agua fría era producto de la nevera. Única y exclusivamente. Hacia el interior de la aldea, al final de varias callejuelas angostas que terminaban allí, había una plaza mayor que era tal porque así lo decía en las placas identificativas: “Plaza Mayor”. Era una plaza porticada que acumulaba en los soportales unas placas de hielo que permanecían allí durante gran parte del invierno frío y seco.

Dicen que esto es otra cosa, pero yo sigo teniendo frío, me dijo ella cuando nos metimos en la cama la noche en que la encontré. El mes de mayo cabalgaba ya con rabia sobre el calendario, pero las noches requerían de una manta en aquel lugar tan inhóspito para gente como Norma o como yo, tan acostumbrados a vivir de noche, a pelearnos con los fotógrafos cuando ella salía de cenar de algún restaurante con alguna amiga, con el rímel corrido de tanto llorar, a coquetear con las drogas en los retretes. Vivíamos de noche y soñábamos de noche también. Soñábamos con que alguna de sus películas fueran por fin un verdadero éxito de taquilla y con ser ricos, verdaderamente ricos, gracias a su talento. Lo hacíamos siempre en reservados en los que no faltaban ni el alcohol ni la coca, casi siempre de mala calidad. Advertíamos un futuro en el que éramos capaces de rechazar entrevistas –Norma no habla con vosotros, Norma está muy cansada, Norma hablará cuando a ella le apetezca–, de apoyar a la izquierda en las elecciones legislativas e incluso de grabar algún disco con el musical que siempre soñó con protagonizar. Entre tanto, Norma pasaba por demasiados castings y demasiadas camas, incluida la mía. Bebía demasiado y comía muy poco, se dejaba caer por algunos de esos programas que mastican la carne de cañón con colmillos afilados y molares devastadores.

Hacer el amor esa noche era algo extraño para los dos. No estábamos habituados a follar sin ruido. Sin los cláxones que sonaban bajo el hostal de Princesa en el que dormíamos cuando andábamos por Madrid, sin la música retumbando en el tigre de las discotecas a que me arrastraba ansiosa cogido por la bragueta. Ella entraba con violencia y yo cerraba como podía la portezuela de madera, atascándola con la papelera o con lo primero que encontraba en aquellos espacios que apestaban a orín y a humedad. Después le subía el vestido por encima de los muslos, le bajaba las bragas y la penetraba mientras le cerraba la boca con mi mano abierta. No chilles, joder, le decía mientras la empujaba contra la pared o mientras ella se movía sobre mí, sentado en el wáter. Otras veces follaba con otros y yo la sorprendía cuando acudía al baño para aliviarme o para ponerme una raya. Entonces apartaba al fulano de un empujón y volvía a penetrarla. Justo después le quitaba el bolso de las manos y me llevaba la pasta que ganaba prostituyéndose.

Follar en aquella casa era otra cosa: era escuchar al silencio de fondo, si acaso el ruido que hacen las neveras por la noche, cuando la quietud lo invade todo y solo la rompe el aullido de un lobo cercano y nervioso.

–Que sensación tan extraña –dijo Norma–. No recordaba que el sexo fuera esto.

Yo solo pude guardar silencio. Tampoco recordaba el sexo de aquella manera. Norma estaba tendida sobre la cama, desnuda, mirando al techo de la habitación en la que solía dormir desde que llegó allí, hacía mes y medio. En la casa había otras tres, pero me comentó que aquella se iluminaba por la mañana solo con el sol que se colaba por la ventana.

–¿Cuándo te vas? –me preguntó. Después giró su cuerpo hacia la ventana.

–No lo había pensado. Igual debería quedarme contigo unos días, hasta que tú también te decidas a volver.

–A volver a dónde –contestó Norma, con una insolencia inhabitual en ella. Jamás tuvo una mala palabra para conmigo.

–A Madrid. La gente, el público… te están esperando.

–No pienso hacerlo. Al menos de momento. Así que, por mí, te puedes marchar ya mismo. Si no te apetece, quédate a dormir y te vas mañana. Hay camas de sobra.

Después se levantó, se puso una bata de seda y se encerró en el cuarto de baño. Desde el pasillo se oía el ruido del grifo. Norma estaba llenando la bañera. Estaba junto a la puerta del baño cuando salió desnuda. Me apartó de un manotazo y se metió en la cocina.

–¿Qué? ¿Te vas ya o te quedas a dormir?

Salió enseguida con un vaso lleno de hielo en una mano y una botella de Cutty Shark en la otra.

–Igual no deberías beber tanto, Norma. Así es muy difícil que te recuperes.

–Igual tú deberías largarte ya, ¿no?

El portazo retumbó en toda la casa. Después un trueno hizo vibrar todo el espacio y la lluvia empezó a arreciar fuerte en aquella aldea. Salí al patio para ver con mis ojos el diluvio. El cielo estaba cerrado, la nube amenazaba con prolongarse al menos durante un par de horas. Así se lo hice saber a Norma desde la puerta del baño.

–¿Qué sabrás tú de nubes? –me dijo desde la bañera, otra vez con insolencia.

Abrí la puerta. Su cuerpo era invisible desde mi posición. Estaba cubierto de espuma. Solo su cabeza asomaba, recostada sobre el borde de la bañera. Llevaba el pelo mojado y salpicado de espuma. En el borde reposaban el vaso lleno y la botella de whisky, un cenicero lleno de colillas y un paquete de Marlboro. Yo estaba en calzoncillos y descalzo, fumando también. Lo hacía de forma ansiosa. En Madrid nos esperaban muchas cosas: nos esperaba la noche, sí, otra vez la noche, y nos esperaban algunos contratos en discotecas, un par de programas del cuore y algunas deudas que nos perseguían desde hacía meses. Eso solo lo solventaba Norma, pero Norma no estaba en esas.

–Oye, Norma…

–¡Quieres cerrar la puerta y dejar de molestar!

Así lo hice. Cerré la puerta y dejé de molestar. Crucé el patio bajo la lluvia, que golpeaba con crudeza el suelo de terrazo. Un relámpago iluminó mi huida hacia el coche, aparcado bajo uno de los árboles que escoltaban el refugio de Norma. Hice el viaje acompañado de un terrible dolor de cabeza y de la maldita tormenta, que seguía descargando un aguacero a mi paso por aquellas carreteras comarcales.

Llegué a Madrid entrada la noche. Debían ser más de las once. Dejé el automóvil en un aparcamiento de la Plaza de España y decidí comer algo antes de subir al hotel de la calle de la Princesa en el que pasaba las noches con Norma. Entré en uno de esos bares que abren hasta muy tarde, tal vez las dos o las tres de la mañana, y mientras digería una hamburguesa con patatas fritas en una amistosa charla con el camarero, un tipo vestido de traje y zapatos italianos se colocó junto a mí para exigirme el cobro de un par de contratos en una discoteca que Norma se había merendado con su estúpida idea de huir. Dijo que era el abogado del local al que Norma había plantado y que al día siguiente registraría una nueva demanda contra mí y contra la artista. Contra la artista, así lo dijo. Cuando se fue pedí una copa de ron y después otra. Robé en el bar el periódico del día y subí a la habitación del hotel en el que tantas noches pasé arropado con Norma.

Ojeé el diario como quien lee una vieja novela del oeste que ha leído varias veces por aburrimiento. Las noticias se preocupaban de gente más importante que Norma, pero la ruina, mi ruina, rondaba por mi cabeza con más frecuencia que la crisis del lino o la toma de posesión de Berlusconi como primer ministro en Italia.

Desperté a eso de las once de la mañana, con una tremenda sensación de resaca, emocional más que otra cosa, porque apenas si había bebido y no había probado las drogas la noche anterior. Agarré el mando de la tele, que reposaba en la mesilla junto al diario, el paquete de tabaco, la cartera y un puñado de monedas, y la encendí. La imagen de Norma, en una foto de archivo, me dio la bienvenida en la pantalla, colgada de la pared situada frente a la cama. Las sábanas eran ásperas y el olor a lejía invadía todo el cuarto. Una de esas presentadoras estrella de las mañanas, a la que habíamos visitado en alguna ocasión para subirle la audiencia, anunciaba en exclusiva la muerte de Norma. Un escalofrío me recorrió el cuerpo de arriba abajo. Alguna lágrima se escurrió por mi cara, demacrada ahora frente al espejo del baño. El teléfono de la habitación comenzó a sonar con insistencia. Yo me metí en la ducha, me masturbé dibujando a Norma en mi mente y pensé en el trayecto que me esperaba hasta la aldea donde, la tarde antes, la había dejado sola. Pagué la estancia con el poco dinero que me quedaba y una vez colocado frente a la puerta del coche, con la llave en la mano, decidí que prefería desayunar primero. No estaba demás alargar la tragedia y poder pagar con ella las deudas que dejó en tierra la buena de Norma.

El Aranjuez de Sampedro

Se sentaba sobre un sillón orejero. En él, ayudado de un tablero, improvisaba un pupitre sobre el que escribía y en el que también leía los diarios. En esa posición lo encontré en su casa del barrio madrileño de Argüelles hace ya más de diez años. Acudí hasta allí para entrevistarle junto a mi amigo y compañero Paco Novales. Era una mañana cálida, creo recordar que del mes de junio: grabaríamos la entrevista, la emitiríamos en la radio por la tarde y la publicaríamos al siguiente viernes en El Espejo.

Cuando salimos de aquel piso, acompañados por él hasta el ascensor, entendimos que era imposible desmitificar la intensa relación que se había labrado entre Aranjuez y José Luis Sampedro. No he encontrado el texto en mi archivo, pero es imposible olvidar como en cada una de sus respuestas (amables y generosas con dos burriatos que se iniciaban en esto del periodismo) se deslizaban siempre a sus vivencias y a sus amigos en Aranjuez. Tanto amor y respeto sentía por el Real Sitio que su contestador automático hizo una excepción cuando solicitábamos la entrevista y nos derivaba al años dos mil y no sé cuántos. Si son de Aranjuez, que vengan cuando quieran.

El amor de Sampedro por Aranjuez quedó reflejado también en su discurso de entrada en la Real Academia de la Lengua (1991). Así lo recordó este sábado la profesora Alicia Pascual durante la presentación de la Ruta Literaria de José Luis Sampedro en Aranjuez, que tuvo lugar en el Centro Cultural Isabel de Farnesio: las frondas de los árboles centenarios, los faisanes machos, la soledad frente a los dioses o la cara entre los barrotes de la verja del jardín, caída la noche del verano… Eran estos algunos de los elementos que despertaron en el joven José Luis su vocación de escritor y que ilustraron ‘Rea Sitio’, “la novela por excelencia sobre Aranjuez”, según Pascual.

Es precisamente el personaje de Marta en esta novela el que ha servido para trazar esta ruta en la que han trabajado también el arquitecto Alfonso Segovia y el periodista y escritor Ricardo Lorenzo. Un espacio se revela como fundamental en esta ruta: la calle de la Reina, “frontera entre el mundo cortesano y el mundo villano”, explicó Lorenzo, exhibiendo una apuesta rotunda por convertir a Aranjuez en sede de la Asociación de Amigos de José Luis Sampedro tras una experiencia repleta de vaivenes en Alhama de Aragón. Para ello, evocó el periodista a Max Aub: “Uno es de donde hizo el bachillerato”.

José Luis Sampedro llegó al Real Sitio en 1930. Su padre, médico de profesión, había sido destinado al Colegio de Huérfanas de Santa Cristina. Es este espacio, que hoy ocupa el Centro Cultural, el que da inicio a una ruta que avanza hasta su casa de la calle Primavera (alguien tan lleno de vitalidad como Sampedro solo podía vivir en una calle así), desde la que escuchaba los gritos de una vieja que vendía churros en una cesta de mimbre los sábados por la mañana: ¡Mingas calientes!, gritaba ella calle Capitán abajo, y los chiquillos le respondían con guasa, ¡para las viejas que no tienen dientes! Así lo contó Sampedro en el Patio de Armas de Palacio en 1990, cuando fue nombrado Amotinado Mayor de las Fiestas del Motín.

De allí, de Primavera esquina Capitán, la ruta se acerca hasta el Hotel Pastor (hoy colegio Sagrada Familia), hasta la calle de la Reina o hasta la barandilla sobre el Tajo del Jardín de la Isla, una de las fotos más emblemáticas de Sampedro en Aranjuez, recogida en uno de los marcapáginas diseñados por la Librería Aranjuez en el centenario del escritor. Todos echaron de menos la ausencia de la librería de Paco y Esperanza en esta ruta, a la que se pone fin en la Plaza de San Antonio.

De izquierda a derecha: Ramón Peche, Alicia Pascual, Ricardo Lorenzo y Alfonso Segovia.

Lorenzo defendió que “la mitomanía del lector no es más que poder llegar a un lugar y evocar y convocar allí al autor en cuestión”. Es algo que sucede con frecuencia en Baeza o en Soria, lugares de paso de don Antonio Machado. Y por eso reclamó una estatua de bronce que pueda sentarse junto al Jardín de Isabel II a contemplar el paso de los días en el Aranjuez de Sampedro. La sociedad ribereña le debe mucho al autor de ‘La sonrisa etrusca’, ‘Octubre, octubre’ o ‘La vieja sirena’.

Pronto nos toparemos con él, con su altura en bronce y su mirada tierna, y podremos convocarle a los lugares en que fue feliz y en que decidió hacerse escritor. Sampedro es un ribereño más porque en Aranjuez hizo el bachillerato.

La posverdad sigue su curso. Como si tal cosa

Las campañas de la derecha contra el Estatut de Cataluña, aprobado por el Parlament y por el Congreso de los Diputados, o contra la política antiterrorista de los gobiernos de Zapatero (que lograron poner fin a tantos años de barbarie) son el mejor ejemplo de que la posverdad no es una cosa actual ni consecuencia del aterrizaje forzado de Donald Trump en la Casa Blanca. Dejemos a un lado el empeño en torcer la realidad que durante años hemos estado viviendo en torno a los atentados del 11M como ejemplo palmario de esa posverdad.

Es esa, sin duda, una de las conclusiones a extraer del coloquio que organizó este jueves el Ateneo de Izquierdas de Aranjuez con el periodista Jesús Maraña, director editorial de Infolibre. Con el espíritu calmado y sereno propio de un castellano de León, Maraña puso al descubierto que esto que ahora se llama posverdad no es nada nuevo, no es más que una mentira que se repica desde tantos puntos diferentes que termina calando en la sociedad como si fuera verdad. Mentira emocional, la llaman.

Nadie en su sano juicio ubicaría a un multimillonario como el actual presidente de los EEUU fuera del establishment. De la casta o de la trama, que diría el muchacho de la cola de caballo. Sin embargo, jugando con conceptos que siguen encallados en el alma del americano de a pie como lo es el gran sueño americano, Trump basó su campaña en hacer creer a sus compatriotas que solo él representaba la defensa de los ciudadanos frente a los intereses de la clase política y empresarial norteamericana. Basta ver cómo crecen los negocios de su hija Ivanka para darse cuenta de que la mentira es tan evidente que no necesita siquiera de subterfugios verbales.

El éxito de su mensaje, el de Trump, radica en su campaña de acoso y derribo contra algunos de los más reputados medios de comunicación estadounidenses. Dice Maraña que la imagen que mejor ilustra esa estrategia, que ha cambiado el concepto tradicional del trabajo periodístico, es la portada del New York Times en la que el diario le acusaba directamente de mentir.

Aaron Sorkin ya avanza esa nueva fórmula en uno de los capítulos de su serie The Newsroom: un periodista viaja en la caravana del candidato republicano Mitt Romney. En una rueda de prensa, a bordo del propio autobús, el reportero acusa al candidato de estar utilizando datos y estadísticas falsas. El periodista es apeado del autobús, de noche y en medio de una autovía. La posverdad sigue su curso. Como si tal cosa.

Se acabó la equidistancia, el cruce de opiniones (no digo ya del cruce de dimes y diretes, tan recurrente en nuestros medios y en especial en la TV pública) y la neutralidad mal entendida: “Nadie puede ser neutral ante la violación de los derechos humanos”, dijo el periodista para recordar lo evidente e intentando hacer ver a la concurrencia que el periodismo independiente no tiene la obligación de ser neutral. Los hechos, siempre contrastados, también requieren de una opinión desde la honestidad propia de quien ejerce este precioso oficio que es el periodismo y no desde una objetividad que no es tal porque no existe.

Los grandes medios están hoy dirigidos por sus acreedores y han descubierto en Internet un negocio y no una extraordinaria herramienta difusora de información. Priman las visitas, el tráfico, los likes y los retuits sobre la información bien trabajada.

Sin embargo, existen ya algunos ejemplos de ese buen periodismo independiente. Así lo ejerce Maraña en Infolibre y en Tinta Libre, intentando sobrevivir a la crisis de credibilidad que tienen hoy el periodismo y la política, poniendo en jaque proyectos como el de la privatización de la sanidad en Madrid o desvelando negocios oscuros que ayer, sin ir más lejos, dieron con sus responsables en la cárcel.

Ciento cuarenta caracteres

Ciento cuarenta caracteres. Todo se resumía en eso. El nuevo trabajo de Alonso estaba ahora en la redacción del diario más leído en la región. No era una gran cabecera, ni mucho menos, pero era un buen peldaño con el que escalar en su carrera profesional. Sin embargo, el suyo no era un trabajo de periodista al uso. No tenía como obligación y vocación diaria salir a la calle a buscar las historias que tocaran la piel de los lectores, esos dilemas humanos que tienen hueco en las páginas del diario, ni siquiera tenía que intentar destapar los tejemanejes del ayuntamiento de la capital, que apenas si sumaba los sesenta mil habitantes.

No. A Alonso le habían contratado como ‘comunity manager’, una forma cualquiera de denominar a la persona que se encarga de gestionar los perfiles de un diario (cabe aquí cualquier institución o entidad, por pequeña que sea) en las redes sociales. Así en la primera mañana laboral de abril se vio situado ante la pantalla del ordenador, con un listado de titulares y de noticias con las que el diario abría su web y con el deber inmediato de empezar a tuitear las crónicas del partido del equipo de fútbol, las previsiones meteorológicas para la Semana Santa y la última refriega de los dos principales partidos con representación en el ayuntamiento. Los otros, los más pequeños, no daban ni para ciento cuarenta caracteres.

–¿Cómo puede caber la crítica de un libro en un espacio tan pequeño? Le digo un libro como le digo una buena crónica parlamentaria –le preguntaba Alonso al director en el despacho de cada mañana–. ¿Cómo es posible, don Mario?

–Lo es, lo es, vaya si lo es. Pero, ¿usted conoce a alguien que se pare a leer un libro pudiendo leer un tuit?

–Hombre…

–Deje, deje. ¡Qué necesidad! Regate corto, por favor, regate corto.

‘Victoria sufrida in extremis’, escribía Alonso con fruición en la pantalla, para programar en media hora un suculento ‘Altas temperaturas y días soleados para el Jueves y el Viernes Santo’. En esos ejercicios de ajuste de espacio, en ese ir y venir contando letras y signos de puntuación, Alonso se evadía intentando trazar en su mente la crónica del equipo de fútbol. Se veía a sí mismo haciendo anotaciones en una pequeña ‘moleskine’, regalo de su novia al terminar la carrera, para luego plasmar sobre la pantalla del pecé algunos de los párrafos más gloriosos de la literatura deportiva, porque, qué era el periodismo sino literatura, sino ser capaz de plasmar sobre el papel una historia concreta, tan fiel a los hechos como fuera posible y siempre atractiva y sugerente para el lector: ‘En un alarde de pundonor, el volante izquierdo irrumpió por su carril como lo hacen las ambulancias tras un accidente en la autopista, esquivando el tráfico y los obstáculos de la gran caravana, vestida en esta ocasión a rayas blanquiazules y sujeta sobre escaramuzas que buscaban ser certeras, para alcanzar la línea de fondo y colgar el balón de la cabeza del pichichi, que solo tuvo que girar el cuello para colocar el cuero en el fondo de las mallas’. Sí, ya, pero no daba más que para una ‘Victoria sufrida in extremis’ que encima recibió el reproche del director del diario: ‘¿Y el hastag? ¿Eh? ¿Y el hastag?

Con el paso de los días, aquel trabajo que aspiraba a ser un revulsivo en la incipiente carrera de Alonso, se convirtió en un cautiverio de ciento cuarenta caracteres. Sí. Ni uno más, ni uno menos. Ciento cuarenta caracteres con los que intentaba medir el camino a casa a la hora de la cena: ‘Hoy me he cruzado con dos perros sueltos, he tomado la línea 5 del bus y he comprado un par de revistas en el quiosco de Rafa’ Ah, el hastag, el hastag –se decía Alonso a sí mismo, como si tuviera en el cogote el aliento avinagrado de su jefe–: #caminoacasa. Con esa métrica tan exacta calculaba lo que tardaba en cenar: ‘Han sido trece minutos de ensalada y pollo a la plancha #comiendosano’, y también valoraba la película que ponían en la tele y que había visto ya en varias ocasiones: ‘#lapelidehoy por mucho que la repitan, no me canso de mirarla #memolaRambo’. En ciento cuarenta caracteres quiso encerrar la belleza de las flores que crecían en el jardín de su casa, el trabajo de su madre por que luciera así de espléndido, los besos de Carla, su novia (ya, para ya, que nos pasamos de espacio) y la vida que se encerraba en los libros que leía antes de dormir.

Al cabo de cuatro meses, Alonso fue despedido de su trabajo. No se venden periódicos, le dijeron, la historias no enganchan, los quioscos devuelven cada día uno o dos paquetes de ejemplares, las ventas han bajado mucho y la publicidad también.

–Así que hemos decidido prescindir de usted, Alonso. Por lo visto hay un programa informático que hace su mismo trabajo y tiene un mantenimiento anual que es ciento cuarenta veces menor al de su nómina.

–Oiga, pero si al final no hay historias que vendan…

-¡Historias que vendan! ¡Regate corto, Alonso! ¡Regate corto!

La muerte de marzo

Se va muriendo marzo como murió el año pasado, aquejado de luces y de aromas y de alguna racha de viento que amenaza con frenarlo todo. Nuestro invitado se admita de nuestra una parra virgen, sin saber que suelta lágrimas de savia cuando te sientas a leer novelas bajo su esqueleto, sin saber de esas primeras hojas que brotan por las puntas y que nos cobijarán del rigor del sol de julio. Pero ese tiempo no ha llegado: ha llegado la muerte de marzo, oliendo a los tilos de la plaza y a las rosas del jardín. La muerte de marzo sabe a ginebra con hielo y a nieve derretida en las cumbres de la sierra, avistada allá por el final del mapa. Sabe a la lluvia fina que empapa los trigales y limpia de humo el cielo manchado de las ciudades. La muerte disfraza a marzo con días cálidos y noches frías y a ti con gafas de sol, con vestidos de entretiempo y con la cazadora que compraste por si acaso. Marzo se muere, sí, y como el año pasado nos lega en su testamento los tesoros que guarda abril en su desván de sol y de agua.

Gente que lo necesita

cropped-img_4856.jpg

Conocí Rubén Santamaría cuando acababa de salir del armario. Él ya era un importante activista de los derechos de los homosexuales en una asociación del centro de la ciudad. Se reunían en un local pequeño de la calle de la Libertad y allí organizaban charlas, tertulias y también algunas acciones reivindicativas. Era 1988. En Madrid agonizaban el vanguardismo y la movida. La ciudad parecía esperar con resignación la llegada de la caspa castiza del concejal Matanzo.

–Pasa, pasa. No te quedes ahí.

Entré en el local de aquella asociación como quien entra en la consulta del médico a esperar un diagnóstico grave. Rubén Santamaría me recibió con una sonrisa que nunca se le borraba de la cara, ni siquiera en las reyertas callejeras en las que algunas veces nos vimos envueltos a causa de la intolerancia y la sinrazón. Esas algaradas terminaban a veces con la intervención de la policía, pero a Rubén nunca se le mudaba el rostro. Siempre alegre y combativo, recibiendo golpes, sí, pero orgulloso de saber que estaba luchando por algo hermoso.

Rellené un impreso sencillo para inscribirme en la asociación. Lo hice después de preguntar algunas cosas que para mí eran importantes. Rubén Santamaría las recibió con una divertida mueca de compasión: otro marica que no se lo termina de creer. Después entramos en una sala angosta que había al fondo del local. Una bombilla colgada del techo iluminaba la estancia, cubierta de afiches de temática gay y presidida por la bandera arcoíris. Las sillas, colocadas en corro, estaban ocupadas por tipos de no dejaban de fumar y que hablaban y reían sin parar. Rubén Santamaría me invitó a ocupar una de las dos sillas vacías y él hizo lo propio con la otra. Yo me limité a presentarme y a escuchar el debate, que derivó en una banda de música que estaba de moda por aquellos años y que cantaban letras bastante irreverentes que no estarían hoy, ni mucho menos, entre lo que establecen como políticamente correcto los talibanes de uno y otro bando.

Cuando Rubén Santamaría dio por terminada la sesión, los componentes de la tertulia fueron saliendo a la calle y se dispersaron como quien no quiere la cosa. Andaban felices y joviales, caminaban por las calles ocupando la calzada, quebrando siempre las normas que no regulaban su presencia en la sociedad. Yo salí solo. Me dirigía a casa con dudas de si volver a aquel lugar o no. No había encontrado en él los argumentos con que enfrentarme a mi salida del armario delante de mis padres.

No había llegado a la esquina cuando escuché la voz de Rubén Santamaría gritando mi nombre. Quiso invitarme a tomar unas cervezas.

–Vamos a un local de aquí al lado –me dijo. –En este sí que nos dejan entrar.

Pedimos dos cervezas y Rubén Santamaría comenzó a hablar sin parar de los derechos de los gays, del último hombre con el que estuvo, de cómo de excitantes eran sus erecciones –son de mármol, me decía entre risas– y de que no acostumbraba a tomar cocaína cuando salía de copas por Madrid. Pronto se unió a nuestra chara –o a la suya, para qué engañarse, yo solo me limitaba a escuchar aturdido– un tipo extraño que se llamaba Camilo y que había estado también en la reunión de la asociación. Zapatos ortopédicos, pantalones de pinzas y una camiseta de color amarillo con un punto rojo en el medio. Ésa era la vestimenta de Camilo, un tipo arrollador que, a la tercera cerveza, había monopolizado la conversación hablando de Nietzsche, de Valle Inclán y de la incipiente carrera de Pedro Almodóvar en el cine. Tenía un ojo hinchado y morado, como consecuencia de una pelea con un tal Aramburu, amigo de él.

Con un estridente ¡para ya, maricón!, Rubén Santamaría comenzó a narrarme su historia personal, aderezada de más cerveza y de patatas bravas. Era la suya una historia que caminaba entre la tristeza y el surrealismo, con un padre homosexual que nunca se salió del armario ni de los cánones establecidos por la sociedad. Estaba ésta disfrazada de sociedad libre e incluso de libertina, cuando caía la noche o llegaba el carnaval, pero era un disfraz, al fin y al cabo. Contaba Rubén Santamaría que su padre era un tipo serio y respetable, abogado de profesión. Laboralista, sí, un hombre bastante progresista, convencido votante socialista, pero miedoso de que alguien descubriera su secreto. Un secreto que salía a la luz en las preciosistas noches de Madrid, en las que reinaban también las convenciones: lo que pasa en este garito o en este retrete, en esta plaza de madrugada o en este sótano de artistas se queda aquí, no sale de aquí. Por lo visto su madre siempre sospechó, pero él nunca cedió a sus preguntas ni a sus insinuaciones.

–Algunas las resolvió con un bofetón, ¿sabes? –me explicaba Rubén Santamaría.

Aquel matrimonio de mentira tuvo una familia real que pronto se sumergió en la misma patraña. Rubén Santamaría fue el pequeño de tres hermanos. Tres hermanos, sí, tres. No les bastó con tener solo uno y darle así verosimilitud a la farsa. Aquella novela se les fue de manos.

–Si Tolstoi hubiera cogido esta historia…

–No interrumpas con tus rollos, Camilo, por favor.

Sus dos hermanas habían terminado derecho y ejercían de abogadas, como su padre. La mayor lo hacía en Barcelona después de haber huido de un Madrid y de una familia que la estaban asfixiando. La casa de Rubén Santamaría madrugaba para el desayuno: a las siete y media, todos juntos a la mesa, con su zumo de naranja natural y su pan recién tostado, con el café aromándolo todo y las cucharillas sonando delicadas al chocar con la loza de la vajilla. Irene huyó de aquello al día siguiente de toparse con su padre en el Elígeme, un local de Malasaña al que acudió con unas amigas a celebrar un cumpleaños. Ya se había quitado el traje, ajustaba unos pitillos a sus piernas y besaba la boca de otro hombre más joven que él. En el escenario, una corista sin fuste cantaba ‘No me importa nada’. Embelesado, Pancho Varona la miraba desde la barra del local. Irene se fue sin decir nada, sin despedirse de nadie. Dio señales de vida quince días después, al otro lado del puente aéreo, con una beca en un bufete y un piso compartido con dos chicos que resultaron también ser pareja.

La otra hermana de Rubén Santamaría, la de en medio, era un tanto pusilánime. Andaba por casa como ausente, sin ánimos de nada, del sofá a la cama y de la cama al sofá y, entretanto, pasaba algún juicio o estudiaba alguna sentencia en el escritorio de su cuarto. El padre, con su antifaz, le pasaba algo de trabajo, bien remunerado siempre. Rubén Santamaría me contó en aquel luminoso mediodía que lo de Julita era una forma de huir de la realidad tan legítima como la de Irene.

Aquella era un forma de vivir como otra cualquiera. Quién no esconde un secreto. Quién no guarda un muerto en el armario. Quién no tiene un hijo homosexual y no quiere que lo sepa el resto del mundo: qué dirán las vecinas, las amistades, la familia del pueblo, con lo atrasados que están, qué dirán en el partido. Qué dirá su padre. Ah no, su padre no, por ahí no pasa. El padre de Rubén Santamaría nunca pudo tolerar el amaneramiento de su hijo, su buen gusto por la moda o su reacción ante cualquier juego de chicos: el fútbol, las chapas o cosas así. Sin embargo, aquello era imparable. ¿Cómo iba a serlo, si no? Rubén Santamaría creció feliz con sus hermanas, con las amigas de ellas y con las suyas propias y cuando dejó el instituto, con unas notas envidiables y un futuro más que halagüeño, salió del armario con la naturalidad con que sale uno a la calle por la mañana, a comprar el pan, el periódico y los churros con que desayune la familia.

–¿Qué pasó entonces? –le pregunté.

Camilo bebía cerveza sin parar. Estaba sentado en un taburete, aturdido por el alcohol, leyendo un diario que alguien había olvidado en la barra del bar.

Por lo visto, pasó algo imprevisible. Muy bien hijo, pero tú búscate novia y cásate y forma una familia. Se un hombre de provecho, le dijo su padre. Rubén Santamaría estuvo varios días sin pasar por casa, hablaba con su madre por teléfono. Durante aquellos días, el padre la pegó más de lo habitual. Al parecer, ella salía siempre en defensa de Rubén y una vez le echó en cara su doble vida. La situación se fue normalizando y Rubén Santamaría comenzó a vivir su vida sin tener en cuenta a su padre. Eso sí, a las siete y media, cuando todos se sentaban a la suculenta mesa del desayuno, el padre preguntaba como si tal cosa:

–¿Qué tal hijo mío? ¿Alguna chica por ahí de la que nos quieras hablar?

Rubén se metía entonces la tostada en la boca y miraba para otro lado y la única hermana que le quedaba en casa seguía tan ausente como la que huyó a Barcelona. El padre no cambió de actitud ni siquiera cuando Rubén anunció en casa la fundación de la asociación en defensa de los derechos de los gays en pleno barrio de Chueca.

–Así me gusta, hijo, yo en el despacho también defiendo a la gente que lo necesita. Los banqueros no necesitan abogados, los obreros sí.

Todo muy progresista, sí, pensaba Rubén Santamaría apurando el zumo de naranja y saliendo a la calle con su mochila a la espalda y su sonrisa pintada en la cara.

Rubén Santamaría insistió en pagar la cuenta de las cervezas. Recogió las vueltas y me dio un abrazo amistoso, fraternal. Me sonrió de cerca y estalló en una tremenda carcajada cuando descubrió a Camilo dormido sobre la barra. Le despertó y le ayudó a salir a la calle. Un tipo trajeado, de pelo ensortijado y zapatos caros se paró delante de nosotros, justo cuando andábamos despidiéndonos. El pijo resultó el padre de Rubén Santamaría.

–¡Hola hijo! –dijo entusiasta. Después, nos saludó efusivo a Camilo y a mí.

–Disfrutad del día, que es estupendo, y a ver si buscas novia ya, hijo, que el tiempo pasa muy deprisa–. La risa del padre de Rubén Santamaría retumbó en aquella calle estrecha del barrio de Chueca. –¿Y vosotros qué? ¿Tampoco pensáis en casaros?

Feúcho y manco

20170219_feucho-y-manco

El de su nacimiento fue sin duda uno de los peores momentos en la vida de su madre. La ilusión de dar a luz a su primer hijo (el hijo, el nieto, el sobrino, el primito que todos estaban esperando) se vio truncada al descubrir que Jaime García Blanco había nacido sin su bracito izquierdo. El niño estaba completamente sano, lloró al recibir los azotes del médico, tomaba el pecho a sus horas y dormía como lo hacen los niños de su tiempo. Todo en orden, sí, con la salvedad de su extremidad superior izquierda. Jaime García Blanco creció con las dificultades propias de quien padece un carencia como la suya. Su madre tenía que ayudarle a vestirse cada mañana, antes de marcharse al colegio con la mochila colgada del hombro derecho. Los primeros contactos con el resto de niños fueron lo suficientemente traumáticos para que Jaime García Blanco recelara por siempre del género humano. Algunos niños le llamaban manco y otros se burlaban de él sacando sus brazos de las mangas del abrigo y desfilando tras él en la fila de entrada a clase para diversión del resto. Nunca pudo aprender a montar en bicicleta y tampoco pudo jugar al baloncesto en el equipo del colegio. A pesar de todo, el currículum escolar de Jaime García Blanco fue bastante brillante y, aunque en el instituto las chicas huían de él y de su discapacidad, no tuvo problemas para ir a la universidad y estudiar una carrera. Su madre seguía ayudándole cada mañana a ponerse el jersey y pronto conoció a una chica bastante feúcha con la que comenzó una relación que duró hasta la semana pasada.

Comían juntos en la cafetería de la facultad y ella se ofrecía siempre a cortarle el filete empanado y a pellizcarle el pan en trocitos para que él se los fuera comiendo. En un rincón del edificio, entre clase y clase, jugaban a besarse y a meterse mano, con las dificultades que aquello entrañaba para el bueno de Jaime García Blanco, que pronto se convirtió en un abogado de prestigio y felizmente casado con Mari Carmen Ruano aquella chica tan poco agraciada a la que conoció en las clases de Mercantil. Ganaba mucho dinero, es cierto, y no dejó por ello de cumplir con uno de sus sueños: comprarse un coche deportivo automático con el que viajar a todas partes acompañado de su chica. Nunca tuvo carnet de conducir, porque la sociedad pacata que dictaba las leyes, pensaba él, nunca se lo permitió. Sin embargo, se las ingenió para aprender a conducir con destreza, sobre todo cuando salía de la ciudad, donde los giros del volante eran muy pronunciados y su ejercicio se antojaba muy difícil con un solo brazo, y se introducía por algunas de esas carreteras secundarias en las que siempre tuvo la tentación imposible de sacar la mano por la ventanilla para disfrutar de la brisa. ¿Te gusta conducir?, se decía a sí mismo. Me encanta, se respondía riendo, para descubrir después que le faltaba un apéndice con el que accionar el elevalunas cuando ya estaba en carretera.

–Un día tendrás un problema –le decía Mari Carmen cuando le veía salir por la puerta con las llaves del coche en la mano.

–¿Te parece poco este? –respondía él agarrando la manga vacía de su chaqueta con la única mano con que le agració la naturaleza.

Jaime García Blanco y Mari Carmen Ruano tuvieron dos niños tan feúchos como su madre pero tan resueltos ante la vida como su padre. No tuvieron problemas para desenvolverse en clase con los otros niños, para jugar al baloncesto en el equipo del colegio ni para ligar con las chicas del instituto.

La familia progresaba feliz en la vida, con los altibajos propios de la clase media en la que se movían. El problema surgió hace algo menos de año y medio, cuando Mari Carmen, cuyo rostro se había ido afeando con las arrugas propias del paso de los años, anunció a su marido que estaba embarazada de nuevo. Entonces solo la alegría invadió la casa, aunque los dos mayores aguardaran con recelo la llegada de un hermano pequeño que se dedicara a acaparar las atenciones de sus padres.

–Igual se lo gastan todo en pañales y biberones y al final no me compran la moto –le decía por la noche Isaac al que todavía era su hermano pequeño, que dormía en la cama de al lado.

En todo caso, la familia al completo celebraba las jornadas de compra en los grandes almacenes de la ciudad, a los que acudían en el coche de Jaime García Blanco, que seguía conduciendo con habilidad pero sin permiso, para adquirir todo aquello que el bebé necesitara: una cuna de madera y un balancín, un moisés y una sillita para el coche y mucha ropita de todos los colores. Celebraban también las visitas al ginecólogo y las ecografías que mostraban la evolución del niño. Celebraron todas menos la penúltima, en la que los doctores detectaron que al niño, sí, sería también niño y ya habían decidido que se llamaría Jaime, como su padre, le faltaba también un brazo.

–¡Ya me extrañaba a mí que esto no fuera hereditario! ¡Pero si es que lo tuyo no es normal!

Los gritos de Mari Carmen desconcertaban a Jaime García Blanco, que de la noche a la mañana se vio comiendo filetes a bocados y dando grandes mordiscos al trozo de pan que le cortaban sus hijos mayores con bastante displicencia. Nadie le ayudaba a vestirse: ni siquiera le ayudaban con el nudo de la corbata cuando tenía que pasar algún juicio importante. Las cosas se iban torciendo más y más y cuando nació el bueno de Jaime García Ruano, que lloró cuando la matrona le dio unos azotes en el culo, que tomaba el pecho a sus horas y que dormía como un bendito, feúcho como su madre y manco como su padre, todo terminó por explotar. Mari Carmen Ruano no estaba dispuesta a pasarse la media vida que le quedaba haciendo lo mismo que había estado haciendo durante su media vida anterior.

–¡Ya! ¡Claro! ¡Dos mancos para vestirse y dos mancos sin poder utilizar los cubiertos a la hora de comer! ¡Solo me faltaba eso!

Los gritos de Mari Carmen aterraban ya a Jaime García Blanco, quien hace una semana se decidió a poner tierra de por medio. Se levantó el miércoles muy temprano y se ayudó de Isaac, el mayor, para poder vestirse y dar de desayunar a Jaime García Ruano, al que colocó en la sillita que habían instalado en el coche deportivo con el que pensaban huir y con el que definitivamente huyeron por una carretera secundaria por las que a Jaime García Blanco le gustaba conducir.

Ya por la noche, los dos hermanos que permanecieron en el hogar familiar al calor de su madre, más feúcha que nunca y bastante hundida por el desenlace tan infeliz de una historia que había durado tantos años, hablaron cada uno desde su cama.

–¿Por qué lo hiciste? –preguntó el mediano, del que hoy nadie recuerda su nombre.

Isaac le respondió con otra pregunta.

–¿El qué?

–Ayudarles a huir. Al fin y al cabo, son nuestro padre y nuestro hermano.

–La moto, hermano. No quiero quedarme sin la moto.