El padre Tajo

El padre Tajo es noticia estos días por la última transfusión a la cuenca del Segura. Hoy ha empezado a llover después de cincuenta días y los pantanos de cabecera están por debajo del diez por ciento. No parece obstáculo para que el SCRATS se salga con la suya y someta al Gobierno a sus intereses, espurios la mayor parte de las veces. Caiga quien caiga. Que le pregunten si no al pobre Antolín, en el paro por no hacer un sayo de la capa del avaro sindicato de regantes.

No es malo que el Tajo sea noticia: los ayuntamientos y la sociedad civil de la cuenca han alzado la voz y se les empieza a escuchar. No es que sean muchos los vecinos que gritan ante la muerte del río, pero algo es algo y es siempre de agradecer. Al padre Tajo lo visitan ahora los diputados, los de aquí y los de Europa, en Aranjuez y en Talavera, y lo hacen como los médicos que visitan a un paciente moribundo al que no saben ya qué tratamiento aplicar para salvarle la vida.

En la tarde de ayer, el sol, que ha ocupado ya su lugar en el calendario, calentaba una corriente lenta de agua escasa y cubierta en muchos tramos por el carrizo y la maleza. Los mosquitos revoloteaban nerviosos. Se sabían fuera de tiempo. Los chopos se asomaban a un espejo turbio y malcarado en la presa del Embocador, en tiempos zona de baño y recreo.

Zona de vida, en todo caso. Por allí me topo con Juanma, un buen tipo al que a uno le hubiera gustado conocer antes. Juanma anda siempre con su cámara alerta y con el ojo avizor para no desviar el disparo del objetivo. Comentamos la aparición de unos peces minúsculos muertos en el camino. Son una especie invasiva, me dice. Menuda cloaca de río, le respondo yo. Lo certifico en la playa de La Pavera. Las escalerillas se asoman enteras a la orilla, que ya es casi un precipicio. La cuerda del árbol solo recibe el homenaje anual y nostálgico del Big Jump y el gango del Mangas es el recuerdo de un tiempo pasado. Todos coinciden en que fue mejor y no seré yo el que lo niegue.

Dicen que el padre Tajo está en los niveles de 1995, en los tiempos del ministro Borrell, al que algunos acaban de descubrir como un valor activo para la política, entendida en el sentido más noble de la palabra. Los tractores y las pancartas le increpaban hace más de dos décadas en las calles y plazas de los municipios de la cuenca. Eran otros tiempos, quién sabe si mejores. Al fin y al cabo, todavía había tratamiento para el enfermo.

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Los universos paralelos

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Un niño de cuatro años que lleva ocho meses muerto. Una madre que aún no ha superado la crisis derivada de la muerte violenta de su hijo. Un padre que pelea por sacar a la madre del agujero y que quiere mirar adelante. La hermana de la madre –esto es, la tía del niño–, frívola y despreocupada, que se queda embarazada de penalti. Una abuela que quiere comparar su vida con la de su hija y que habla y habla y habla sin parar con el objetivo de sacar de su hija las palabras que quiere escuchar. Y un homicida fortuito: el chaval de 18 años que conducía el coche que mató a Dani cuando salía de casa persiguiendo a su perro Patán.

“Los universos paralelos” es el título de la función que durante el último mes ha venido llenando el patio de butacas del Teatro Español de Madrid. El elenco actoral, capitaneado por Malena Alterio y dirigido por David Serrano, sube a las tablas del Español hasta este domingo con el texto de David Lindsay-Abaire para escenificar el enfrentamiento de toda una familia al dolor que supone la pérdida de un niño, que no deja de ser la pérdida del futuro.

Los celos, la envidia, el adulterio, la memoria y sus huellas indelebles, el choque de argumentos a la hora de olvidar, la imposición, la violencia… son argumentos que se van tejiendo en la trama, todos ellos derivados de la reciente muerte de Dani, el protagonista latente de la historia.

Una historia vital torcida, la de una familia, que se empieza a enderezar cuando el conductor precoz que se lleva por delante la vida del niño de un volantazo, se introduce en la misma.

Primero con una carta en la que invita a los padres a explicar lo que pasó y cómo pasó.

Segundo, con un cuento que dedica al chaval y que gana un premio literario: el título, ‘Los universos paralelos’, se centra en el carácter infinito del espacio y en la recreación de otros universos en los que, de alguna manera, todos tenemos un reflejo en otra posición, en otro estado mental, en otra vida diferente. En una realidad paralela, en definitiva.

Y para terminar, con un encuentro secreto con Patricia, la madre de Dani, a la que reconoce su culpa, quiere reconocer su culpa y hacer saber a la familia que la culpa es solo suya, porque se había saltado la ley, porque su velocidad por la urbanización era mayor a la permitida. Ella, la madre del niño muerto, introduce otros elementos en la fatalidad que, de no haberse producido, hubieran terminado en final feliz: y si el perro hubiera estado atado y la puerta cerrada… y si ella hubiera estado más pendiente de Dani. El destino no es siempre imprevisible.

Y como toda ficción, esta también tiene su reflejo en la realidad diaria: en la sociedad, en la política, en la crisis de convivencia que, certera, se nos está echando encima. Tiene su universo paralelo en la España de hoy: ¿Cataluña? Da que pensar.

El niño que no era Álvaro

Resulta que Margarita se levantó una mañana y se duchó como siempre, se tomó un café doble con un analgésico, y mientras se quitaba el albornoz y se vestía con lo primero que agarraba del armario –la mayor parte de las veces la ropa estaba sin planchar– despertó al pequeño Álvaro en el cuarto de al lado. Al cabo de media hora, el niño de cuatro años y su madre de cuarenta estaban listos para salir de casa.

Así lo hicieron. Subieron ambos al coche. Él sentado sobre un alzador y bien sujeto con el cinturón y ella al volante, con el asiento regulado y los pies listos para pisar los pedales. Después de un verano muy caluroso y un inicio del otoño regado de rayos de sol, la ciudad se enfrentaba al primer día oscuro del curso, cargado de nubes negras que amenazaban con ponerlo todo perdido de agua y de barro.

–Ya verás la que nos cae encima –profetizó Margarita mientras soltaba el freno de mano. Olía a tierra mojada, uno de esos extraños efectos naturales que, según había leído en su Facebook, era producto de una bacteria.

Un autobús pasó rozando su faro izquierdo cuando salía del aparcamiento. El niño levantó la vista del juguete que llevaba en las manos alertado por la situación. Margarita miró por el retrovisor, comprobó que Álvaro estaba bien, respiró hondo, agarró de nuevo el volante y puso en marcha el vehículo. Las primeras gotas comenzaron a golpear el parabrisas de forma insistente. Se estrellaban contra el cristal y se deslizaban sobre él, cada vez con más frecuencia, hasta el punto de que Margarita tuvo que encender el limpia en su primera posición.

Avanzaba el coche, un utilitario que compraron hace un año cuando Álvaro comenzó a ir al colegio, por una de las avenidas principales de la ciudad. Escoltada de árboles y grandes farolas, que se asomaban a la calzada desde una altura imposible, la calle era un continuo ir y venir de coches en plena hora punta. Las nueve de la mañana. La hora de ir al colegio, la apertura de las tiendas y de los grandes almacenes. La hora en la que empieza a funcionar la ciudad.

Estaba Margarita parada ante uno de los semáforos que regulaban el tráfico en los cruces, pensando en la lista de la compra, en la factura del colegio de Álvaro y en la visita a su madre, encamada desde hacía meses como consecuencia de la enfermedad, cuando el claxon de un coche la alertó del cambio a verde en el semáforo. Instintivamente, buscó Margarita con la vista el retrovisor pero no encontró rastro alguno del coche que pitaba. Y lo que era más desconcertante aún, no encontró rastro de Álvaro en el asiento trasero. El niño que la acompañaba en el viaje diario a la escuela no era su hijo, aquél era otro niño. Un niño desconocido. Un niño distinto al suyo, que jugaba con el mismo chisme con el que Álvaro había salido de casa camino del colegio. Un niño que levantó la vista, como si tal cosa, esperando a que la mujer que iba al volante, que no resultó ser su madre, pusiera en marcha el coche.

Así lo hizo Margarita. Aturdida aún por el descubrimiento, pisó a fondo el embrague, metió primera y pisó suavemente el acelerador. Era como si aquel hallazgo, que en cualquier otra mujer hubiera provocado un grito de pánico, le obligara a medir sus movimientos, a intentar pasar desapercibida en su tránsito por la ciudad.

La lluvia arreciaba sobre el asfalto y sobre la carrocería del utilitario de Margarita, que avanzaba despacio por el carril derecho, con el limpia en posición de máxima velocidad y un niño detrás que ni era el suyo y ni siquiera se le parecía. Entonces sonó el móvil de Margarita y el timbre de la llamada también la sobresaltó. Estaba visto: en aquella mañana no iba a ganar para sustos.

–Sí, Javier, sí. Vamos camino del colegio, estamos llegando ya. Oye, te tengo que… Ya, pero es que voy conduciendo. ¿El niño? ¿Qué niño? ¡Ah! Álvaro, claro… Álvaro… Álvaro… Bien, está bien, aquí sentado. Venga, enseguida te llamo.

Un autobús paró delante de ella, a la altura de la esquina de la calle de Los Claveles. Decenas de personas apresuradas se apeaban del vehículo. Las más previsoras abrían sus paraguas para refugiarse de la lluvia. Las demás corrían a refugiarse bajo las cornisas y los toldos de los escaparates. Margarita miraba la escena con la necesidad de encontrar el factor que ordenara aquel angustioso capítulo de su vida. No halló nada que le hiciera sospechar sobre el cambiazo del niño. En su mente se dibujaba un hombre, de traje oscuro y gabardina, agarrando a Álvaro de la mano y tan angustiado como lo estaba ella, buscando al niño que viajaba en el asiento de atrás del coche, sentado sobre un alzador y bien sujeto con el cinturón de seguridad.

Avanzaban el tráfico y, formando parte de él, el coche de Margarita, incapaz ya de discernir en qué momento había dejado atrás la parada del autobús y cuando había pisado el acelerador para seguir su marcha al colegio. Los charcos se extendían sobe la avenida. En algunos de sus tramos, el agua ocultaba la pintura de la calzada a la vista de los conductores. El niño que no era Álvaro y que viajaba en el asiento de atrás se puso a llorar y a berrear como solo saben hacerlo los niños de cuatro años. El pánico, ahora sí, se apropió del karma de Margarita, que se puso a chillar y a llorar también. Una ráfaga de lucidez la empujó a parar el coche junto a la acera. Se echó sobre el volante y siguió llorando durante unos minutos eternos. Unos golpes en su ventanilla la hicieron reaccionar. Levantó la cabeza, giró la vista y sorprendió junto a su puerta a un guardia municipal. Margarita se secó las lágrimas y bajó la ventanilla:

–¿Está todo bien, señora? –preguntó el guardia.

–Sí, agente, sí. Me acaban de dar una mala noticia, solo eso –dijo ella sollozando.

–Continúe en cuanto pueda, por favor. No puede estar aquí parada más tiempo.

Y sin tiempo a terminar, el guardia contempló como el coche de Margarita huía del lugar con un acelerón. La mujer descubrió entonces el silencio y vio como el niño que no era Álvaro dormitaba después de la perra. Quiso tranquilizarse y para ello echó mano de la única persona que solía escucharla sin poner en duda todos y cada uno de sus razonamientos. Su madre, postrada en una cama por la enfermedad, explicaba sus dolencias al otro lado del teléfono y después se dispuso a escuchar la extraña historia de Margarita y del niño que no era su hijo, y algún buen consejo debió de darle, porque Margarita colgó haciendo caso omiso al guardia que le echaba el alto por ir hablando por el móvil. La mujer creyó adivinar que era el mismo de antes, el que piqueteaba en su ventanilla para advertirla de su mal estacionamiento.

Entre tanto, el coche avanzaba a una velocidad lenta pero segura. Eran ya las nueve y trece minutos, llegaban tarde al colegio. Como cada mañana, Margarita paró en la puerta y se bajó agarrando el bolso y el móvil, echando el freno de mano con la dificultad propia de quien se sienta en un espacio tan estrecho con un bulto sobre las piernas que le impide moverse con facilidad, abrió la portezuela del utilitario y piso el suelo mojado por la lluvia. Miró a ambos lados de la calle, despejada ya de coches y de niños. Entonces abrió la puerta de atrás, soltó el cinturón de Álvaro y lo bajó del coche. El niño agarró su juguete y besó a su madre. La profesora los esperaba en la puerta:

–¡Vamos, Álvaro! ¡Tus compañeros te están esperando!

El niño avanzó por el corredor, girándose a mitad del camino para guiñarle un ojo a su madre y lanzarle un beso con la mano.

Maldito Bambino

Ay cofre de vulgar hipocresía
ante la gente yo oculto mi derrota
payaso con careta de alegría,
pero tengo por dentro el alma rota
y en la dicha fatal de mi destino
y hubo un ser , que cruzó por el camino
soy tan fuerte que puedo con mi vida
pero siento que mi alma esta perdida.

Payaso. Bambino

20170923_Maldito Bambino

Los años ochenta andaban tocando a su fin. Por aquella época yo regresaba del colegio a las cinco de la tarde y solía encerrarme en mi cuarto para hacer los deberes (poca cosa, algún análisis sintáctico y un par de problemas de fácil resolución) y escuchar después algunos discos de vinilo que mi padre guardaba sin mucho esmero. Nunca los ponía en casa. Ni siquiera hacía comentarios nostálgicos sobre ellos. Me gustaba escuchar el disco de los Beatles. Ya me lo había agenciado y lo tenía guardado entre mis libros y cuadernos. Algunas de sus canciones me resultaban más que divertidas, muy pegadizas. El título del álbum no era más que evocador de una época, apenas si se discernía una idea, una forma de vida tal vez: The Beatles 1962-1966, y en él se bailaban canciones como el Love me do, el She loves you o el I want to hold your hand. Tumbado en la cama, con los ojos cerrados, me trasladaba a la pista de alguna discoteca (jamás había pisado ninguna) o a alguna gran avenida, desierta de coches y escoltada por árboles gigantes y bancos de madera, y me descubría bailando al ritmo de la música y de la mano de alguna de las niñas de clase que empezaban a hacerme tilín. Y así pasaba las tardes, hasta la hora de la cena. A esa hora llegaba mi padre, al que oía cruzar el pasillo ejecutando siempre los mismos movimientos: cerraba la puerta con cuidado, avanzaba y dejaba las llaves en el taquillón y luego se metía en la ducha. Mi madre entraba después en la habitación: vamos, Jesús, a poner la mesa.

Una noche, con una tortilla de patata en el menú y una ensalada a compartir en el centro de la mesa, le hablé a mi padre de sus discos. ¿Por qué no los pones nunca?, le dije. El se mostró esquivo, se encogió de hombros y no le dio más importancia al asunto. A mí me gusta el de los Beatles, el que más, le dije. Y empecé a canturrear: can’t buy me loooooove… Mi padre se echó a reír y de pronto me di cuenta de que era la primera vez en mi corta vida que le veía hacer tal cosa. Ése no estaba mal, me dijo, pero yo era más de Miguel Ríos. Mike Ríos le llamábamos antes. ¿Os gusta la tortilla?, preguntó mi madre. Mi madre siempre llevaba las conversaciones a su terreno, necesitaba que alguien aprobara su trabajo en casa: que la cena estaba buena, que la casa estaba siempre ordenada, que la ropa estaba limpia y bien planchada… Yo aprendí a valorar todo aquello hace unos años, cuando me marché de casa para estudiar Periodismo en la Complutense. Mi padre y yo asentimos con un gesto brusco con el que dar a entender a mi madre que ese día aparcábamos por un momento su tema favorito y volvíamos a la música: ¡Mientras que el cuerpo aguanteeeeee!, cantaba mi padre a voz en grito y riendo a carcajadas. Por su boca, grande y bien abierta, se veían los trozos de tortilla a medio masticar. Yo aplaudía con entusiasmo el falsete de mi padre con la esperanza puesta ya en la tarde siguiente: llegar del colegio, resolver los problemas y buscar, encontrar y escuchar algún disco de Miguel Ríos para poder comentarlo con mi padre.

A la tarde siguiente invité a casa a mi amigo Óscar Toldos, con el ánimo de que disfrutara conmigo del tesoro que albergaba mi padre en su colección de discos. Con los años, Óscar Toldos y yo hemos compartido afición por el mismo tipo de música, incluso vamos juntos a algunos conciertos, pero aquella tarde, una vez que prendimos el disco de Miguel Ríos y escuchamos el Let it be de los Beatles, prefirió marcharse a su casa a jugar con su colección de dinosaurios de goma. No le di más importancia: yo me tumbé en la cama e intenté memorizar Mientras el cuerpo aguante para poder cantarla con mi padre a la hora de la cena.

Como cada noche, se abrió la puerta de la calle y las llaves cayeron sobre el taquillón. Mi padre estaba en la ducha y mi madre le hablaba al otro lado de las cortinas de la bañera. Deduje por el tono de la conversación que mi padre no estaba de humor y que el día en el trabajo habría sido duro. Estábamos ya los dos, sentados a la mesa, esperando a que mi madre nos sirviera la cena (si no recuerdo mal, aquella noche cenamos unos gallos, que le habían costado a mi madre la friolera de mil doscientas pesetas) y me lancé a comentar sobre Miguel Ríos. Ah, sí, dijo mi padre. ¿Lo has escuchado entonces? Yo le dije lo que me gustaba del disco, intenté compararlo con el de los Beatles utilizando palabras y registros que en mi boca sonaban ridículos. Lo hacía como si fuera Joaquín Luqui, un locutor de Los 40 Principales al que escuchábamos en el coche. Le conté también que a mi amigo Óscar Toldos no le había gustado la música y que había preferido marcharse a casa y después me puse a cantar a voz en grito: ¡Mientras que el cuerpo aguanteeeeeee! Un trozo de pescado se me cayó de la boca tras el pescozón que me propinó mi madre. En la mesa no se canta, me dijo. Y cómete el gallo, que me han costado un dineral. ¿Están ricos? Mi padre se limitó a sonreír, un gesto que se iba haciendo más común en su rostro, serio y rotundo, y se metió a la boca el tenedor pinchado de lechuga.

La música me fue acompañando durante los meses siguientes. Calculo que hablé de música con mi padre durante dos años al menos. Siempre a la hora de la cena. Mi madre se sintió desplazada durante ese tiempo, a nadie le importaba si el pescado estaba bien frito o la ensalada estaba en su punto de sal. Con mi padre descubrí a otros artistas que guardaba en su colección de discos: cantamos a los Beatles, sí (I want to hold your haaaaand) y a Mike Ríos, pero también a los zapatos de gamuza azul de un tal Moris (un cantante argentino del que luego hablé mucho con el bueno de Vaquero), bailamos al son de Mike Jagger y los Rolling Stones y tarareamos las canciones de Jeanette, de Los Bravos y de Bambino.

A mí Bambino no me gustó, pero quedé encargado por mi padre de escuchar uno de sus discos a la tarde siguiente de haber hablado de él. Así que repetí mi ritual de repasar mis deberes, de hacer el análisis sintáctico que nos había encargado la señorita Maribel y de resolver los problemas de don Luis, y de escuchar a Bambino tumbado en la cama: payaso, soy un triste payaso/ oculto mi fracaso con risas y alegrías… Mi madre me sorprendió tarareando a Bambino. Jesús, sal a cenar. Me incorporé sobre la cama y eché en falta el ruido de la puerta al abrirse, las llaves sobre el taquillón y el agua de la ducha golpeando la loza de la bañera. Mi padre no volvió a casa aquella noche. Ya nunca volví a verlo.

Hoy les pincho a mis hijos los discos de los Beatles en Spotify y también les canto a gritos Mientras que el cuerpo aguante. Lo que no he vuelto a hacer –nunca, no he podido hacerlo– es escuchar al maldito Bambino.

Zapatos

Mi suegra ha traído ya los pantalones. Vienen planchados y todo. Les ha cogido el bajo y los ha estrechado de pata. No me gustan nada esos pantalones holgados, tan abiertos por abajo que casi te tapan el zapato. Los zapatos dicen mucho de la personalidad de la gente, dice siempre Silvia, que colecciona pares y pares –es posible que llegue a los sesenta o setenta– y que insiste en que combine bien los míos con la ropa que me pongo a diario. Ya, ya, si serán muy cómodos, me dice, pero no pegan nada con ese cinturón ni con esa camisa. Después se acercará a mí, agarrará la prenda por el cuello y dirá con su sorna habitual: esto está sucio, quítatela y métela en la lavadora.

Otra vez al armario a buscar una camisa que haga juego con los zapatos. Es más fácil buscar una camisa en el armario –todas ordenadas, en sus perchas, a la vista y fáciles de alcanzar– que buscar unos zapatos. Silvia guarda cada par en su caja de cartón y las apila sobre el vestidor, de forma que buscar los zapatos se convierte en algo parecido al juego de los barcos. Así, en el H9 encuentras unos tacones de aguja que solo se puso cuando se los probó en la zapatería y en el B1 una caja vacía, bien porque los lleva puestos o porque se los ha dejado a alguna amiga para algún evento determinado. ¡Hundido! La probabilidad de encontrar uno de mis pares de zapatos en ese juego macabro es similar a la de que me toque la lotería, teniendo en cuenta que solo juego en Navidad, porque si ella tiene más de seis decenas de pares, yo andaré por los tres o cuatro. Pares, que no decenas.

Así que más te vale encontrar una camisa acorde a los zapatos que ya llevas puestos, Chechu, me digo delante del armario. Siempre hay alguna que encaje con el calzado, desde luego. Una blanca, que va con todo, me digo, mirando bien que el cuello no esté sucio y que los puños no estén muy desgastados. ¿Por qué te pones siempre las mismas? Sí, la pregunta, flemática y certera ahí donde más duele, es de Silvia. Creo que no le gusta que me siga poniendo mi ropa de soltero, aunque ella diga lo contrario. El “te queda mejor esta, ¡dónde va a parar!” siempre termina con sus manos en una de las camisas que me ha comprado ella desde que vivimos juntos. Además, nunca te la pones, me dice. Y así siempre.

El caso es que ya estoy listo. Ya tengo puesto el pantalón (tiene buenas manos mi suegra para la costura), la camisa y los zapatos a juego. Estoy sentado en los escalones de la puerta, echando un vistazo al móvil y atento a pillar al cerdo que nos deja cada día la mierda de su perro en la puerta de casa. Aún me queda media hora para salir y llegar tarde, estimo. Silvia tiene siete vestidos extendidos sobre la cama (aún no ha decidido cuál ponerse) y juega a los barcos en el vestidor. Los de la casilla C8 van bien con el verde, pero no con el de gasa blanca. ¡Tocado! Casi mejor me quedo con los de la J7, me dice gritando desde el interior de la casa. ¡Agua! Yo asiento sin mucho afán y ella se ratifica en su teoría mientras recorre el pasillo de un lado al otro: los zapatos son parte de la personalidad de la gente.

¡Ojalá que te vaya bonito!

Ella se marchó de madrugada. El cielo la despidió con un llanto inconsolable. Había guardado su ropa en una maleta y en un par de bolsas de tela su aseo personal y sus cosméticos, sus discos de Enrique Urquijo y los libros con los que se refugiaba cada noche del hastío y la distancia: con ella se fueron Luis García Montero y Juan Marsé, la Trilogía de Nueva York, una colección de columnas de Jabois y un triste poemario autoeditado por un tipo taciturno que se lo vendió en el metro. Se llevaba también su colección de diademas, la cartera con la documentación y el libro de familia, casi a estreno.

Incluso en ese momento de ruptura, ese drama que de vez en cuando viven las parejas y que en la mía –la nuestra– parecía definitivo, incluso en ese momento, digo, en el que la tristeza lo pone todo perdido, yo admiraba sus movimientos sentado en la cama. Eran simples, precisos. Medidos. No solía dar pasos en falso ni soportaba perder el tiempo. Quizás de ahí su marcha definitiva, sabedora de que el tiempo pasa y de que vivirlo siempre a la gresca no es más que malgastarlo. Me sorprendió y mucho escucharla silbar mientras guardaba en la maleta las blusas con las que iba cada mañana a la oficina, sus faldas de tubo, sus tacones de vértigo. Su ropa interior se volvía áspera y agresiva, hecha un ovillo en una bolsita de plástico, y sus abalorios de bisutería se convertían en ese instante un arma arrojadiza capaz de acabar con cualquier atisbo de amor en aquella despedida.

Yo, como el cielo, también lloraba. Sentado en el borde de la cama, como esperando al amanecer que se retrasaba una noche más, desnudo y sin más argumentos que la pena. Se estaba yendo la mujer con la que había compartido las largas tardes en el patio, riendo, charlando y disfrutando en el silencio de las lecturas de Gil de Biedma y de Luis Landero, de Bukowsky y de Paul Auster. Miraba el reloj ansioso por que llegara el día y despertar de la pesadilla. De ese mal sueño al que todos nos hemos enfrentado alguna vez. Pero entonces me pellizcaba las carnes blancas y regresaba al drama de la despedida: frente al espejo de la pared intentaba peinarse, sujetándose el pelo suelo con un par de horquillas. Quizás una diadema, le dije, pero ni siquiera volvió la cara para asentir ni buscó mi mirada a través del cristal. Del bolso sacó un tarro de crema que extendía por sus manos y sus codos con la parsimonia de quien sabe que alargar el momento no lo va a convertir en reversible. De que no había vuelta atrás, de que los caminos andados nunca se desandan y de que todos somos capaces de hacer un nudo imposible, pero no de desanudarlo. De que habían muerto los ratos en que nos desnudábamos y nos clavábamos las uñas en la espalda. De que a los muertos se les entierra y de que son los vivos los que pasan a mejor vida.

Giró entonces sobre sus pasos, consciente del momento que se asomaba en el horizonte. Yo no, yo no era consciente de nada, asumía quizás un tierno beso en la mejilla, una caricia displicente o tal vez un bofetón que dejara su sello en el final de aquella historia. Uno de esos bofetones sonoros como los de las películas que veíamos abrazados en el sofá durante las noches de invierno. Su mirada se quedó clavada durante segundos en la ventana, que empezaba a iluminarse. Había llegado la hora, amanecía un nuevo tiempo en el horizonte. Huraño, hosco. Un sol de fuego se dejaba ya ver por encima del tejado del bloque de viviendas de enfrente, un panal de abejas en el que se iban iluminando las celdas en función de las agujas de los relojes que descansaban en las mesillas de noche. Estaba frente a mí, con la maleta y las bolsas de tela junto a sus pies. Con la parsimonia que la había guiado hasta ese momento, ella metió la mano en el bolso y rebuscó en el interior. Hizo un gesto de dolor que yo achaqué a lo que se dilucidaba en aquel instante eterno. Después sacó un cuchillo de cocina (juraría que era un cuchillo nuevo, la hoja brillante y muy afilada, no lo recordaba en el cajón de los cubiertos, perfectamente ordenado cuando lo abría por la mañana y buscaba las cucharillas para el café del desayuno) y se abalanzó sobre mí.

Tendido en la cama, sobre un charco de sangre que empapaba las sábanas de raso, la vi cargar con sus cosas y la escuché cerrar de un portazo nuestra historia de amor.

 

Adiós, agosto

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Zarauzt

Agosto se muere de fiebre y de incertidumbre. Aún con la frente sudada, va doblando las toallas y plegando esas sillas que nos parecieron tan cómodas cuando las compramos. Hoy la lona se hunde por el culo y los hierros se clavan en la rabadilla, dolorida como el verano. Apunta agosto al nuevo curso sabedor de que no llegará vivo al mismo. Cada verano es igual: la crónica de una muerte anunciada. La misma felonía. La misma puñalada trapera que nos arrebata al mes del estío y del hastío, el de las largas siestas debajo del ventilador, el de los versos bajo la sombrilla y el de las manos pringosas del jugo de la fruta. Sabe agosto de la traición en tus pensamientos, que sueñan ya con una chaqueta de entretiempo y unos vaqueros ajustados a tus piernas. Y se ve amenazado, el mes de agosto, por los bolsillos vacíos y por la vendimia, por el surreal propósito de volver a la cárcel en que se ha convertido el gimnasio. Adiós a la cerveza fría y a las barbacoas hipocalóricas. A los daiquiris de melón, a los labios de vino blanco y a los helados de vainilla bourbon y chocolate negro. A tu piel tostada y a tus vestidos de gasa blanca. Sabedor de una muerte certera, agosto se quita el traje de baño y se corta el pelo, se afeita antes de morir y rebusca en el armario una camisa limpia y un pantalón largo. Sabe que no llega a la feria, que le van a asesinar antes los mismos que le prometían la vida eterna, fabricada bajo los rayos del sol, aderezada con olas de plata y pulseras de cuero y enjaulada en noches frenéticas en las que no amanece jamás. Adiós, agosto. Muérete ya, que viene septiembre. Y no le gustan los frívolos ni los holgazanes.